* “En todos los mamíferos hay una impronta o atracción de la madre hacia su cachorro que se le queda psicosomáticamente impresa; pero en la especie humana, que somos una especie neoténica con un prolongado periodo de exterogestación y no sólo de crianza, esta impronta o impresión se produce con una enorme producción libidinal para sustentar todo ese periodo de interdependencia. Como dice Balint se trata de un estado de simbiosis entre madre-criatura que necesariamente implica la mayor catexia libidinal de todas nuestras vidas.” Casilda Rodrigañez, “Pariremos con placer”
* “Entonces, en su hábitat, piel con piel sobre el torso de la madre, la criatura a los pocos minutos de nacer (puede ser a los diez minutos; en general antes de que transcurra la primera hora:
por eso es importantísimo que no sea llevada a ningún sitio), empieza a reptar, arqueando la espalda y empujando con las piernas; y orientándose por el olfato, busca el pezón materno; cuando lo
encuentra, se engancha y mama sin que nadie le enseñe. Nils Bergman explica que es la criatura quien tiene el programa neurológico de nutrición, y que es ella quien lleva la iniciativa, quién
estimula a la madre y la enseña el arte del amamantamiento, siendo el único requisito el haber permanecido sobre ella. Todo esto explica y da la razón al deseo materno de tener a la criatura
apegada contra el propio cuerpo. Y corrobora la información que teníamos sobre la impronta y las descargas de oxitocina que se producen en ese momento para asegurar la unión de la madre y de la
criatura. Aunque no lo diga explícitamente, la piel con piel del hábitat materno significa amor y deseo. Si por el contrario se separa a la criatura de su madre, el programa de nutrición se
cierra y abre el de defensa; la criatura entra en un estado de alerta, y protesta mediante el llanto reclamando ser devuelta a su hábitat. La criatura separada de la madre realiza una actividad
intensa que cursa con una bajada de la temperatura corporal, disminución del ritmo cardiaco y respiratorio, taquicardias y apneas, inducidas por el aumento masivo de glucocoticoides (hormonas del
stress). Y si la criatura es mantenida separada de la madre durante tiempo, llorará cada vez con más desesperación, y pasará del estado de alerta al de desesperación, hasta que el cansancio la
rinda. Bergman dice que llorar es nocivo para los recién nacidos; ello restaura la circulación fetal y aumenta el riesgo de hemorragia intraventricular y otros diversos problemas. Hay estudios
que explican que las descargas masivas de la hormonas del stress crean una toxicidad bioquímica que perjudica seriamente la formación del sistema neurológico, pues no solo dañan a las células
cerebrales sino también la memoria y ponen en marcha una desregulación duradera de la bioquímica cerebral. Así pues, las investigaciones científicas al respecto han dado la razón al deseo materno
que, ante el llanto de la criatura, busca darle consuelo, cogiéndola en brazos y ofreciéndola el pecho”. Casilda Rodrigañez, “Maternidad: gestación, parto, lactancia y primera
infancia”