* “Cuando tratamos de hacernos una idea de cómo vivían y pensaban nuestros antepasados del Paleolítico, imaginándonos a nosotros mismos en las bocas de sus cuevas, contemplando el exterior, ¿no vemos acaso como el fenómeno más misterioso la luna … y las caras de la luna, que constantemente cambian de un modo que siempre es constante? Los dos términos, el fijo y el variable, proporcionan la primera noción de secuencia, medida y tiempo.
Este significado de la luna aún se esconde en nuestro lenguaje: el griego mene significa “luna”, el latín mensis “mes”, y mensura, con la misma raíz, significa “medida”, de donde proviene el nombre del ciclo menstrual; pues los cambios de la luna hicieron posible el medir por vez primera períodos de tiempo que superasen el día (que podía calcularse por el sol).[…]
La luna era indudablemente la imagen central de lo sagrado para estos pueblos primitivos; su ritmo dual, constante y cambiante, les proveyó de un punto de orientación desde el que medir diferencias, concebir patrones y establecer asociaciones. Su perpetuo regresar a los propios orígenes los impulsó a recomponer lo que en apariencia se había hecho pedazos.
En todas las mitologías hasta la Edad del Hierro (1250 a. C.) se percibía la luna, gran luz brillando en la oscuridad de la noche, como una de las imágenes supremas de la Diosa, el poder
unificador de la Madre de Todo. Ella era la medida de los ciclos temporales y de las conexiones e influencias celestes y terrestres.
Gobernaba la fecundidad de la mujer, las aguas del mar y todas las fases de crecimiento y decrecimiento. Las estaciones se sucedían en secuencias, al igual que las fases de la luna. Constituía
una imagen perdurable tanto de la regeneración en el tiempo como en la totalidad atemporal: lo que se perdía aparentemente con la luna menguante, se restablecía con la creciente.
La dualidad, imaginada como la luna creciente y menguante, era contenida y trascendida en su totalidad. De forma análoga, por lo tanto, la vida y la muerte no tenían por qué ser percibidas como opuestos, sino que podían ser consideradas fases que se suceden la una a la otra en un ritmo sin fin. No resulta sorprendente, pues, que la mitología lunar precediese a la solar en muchas, si no en todas, partes del mundo.” Anne Baring y Jules Cashford, “El mito de la Diosa”
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* “La Diosa como luna ha sido representada por tres figuras de mujeres que simbolizaban el ciclo vital femenino: la Doncella, la Madre y la Bruja. Normalmente
la Doncella presentaba un aspecto enérgico y dinámico, reflejaba la luz de la luna creciente, y se la asociaba con el color blanco. La Madre Resplandeciente, símbolo de la fertilidad y la
nutrición, reflejaba la intensa luz de la luna llena y se la relacionaba con el color rojo. Por último, la Bruja era la representación de la sabiduría, la puerta de la muerte y la senda hacia los
poderes del mundo interior; […] y estaba asociada con los colores azul o negro.” Miranda Gray, “Luna Roja”

