* “¿En qué nos basamos para defender que estas esculturas de mujer son de diosas, y no simplemente bellezas de la tribu local, o las jóvenes de la cueva de al lado? En primer lugar, no parece que los artífices de las estatuas tuviesen la intención de reflejar fielmente la naturaleza, a no ser que asumamos que los artistas paleolíticos carecían del sentido de la proporción para las hembras humanas, mientras que poseían un exquisito talento para la de los animales.
Si para describirlas se utiliza la expresión cautelosa de escultura de una mujer, que se encuentra habitualmente en las placas de los museos, se pasa por alto el simbolismo que supone el estructurar todas las partes del cuerpo de una manera tan coherente y consistente. Dado que la totalidad del cuerpo se concentra en el drama del nacimiento, lo que relatan éstas, y muchas otras figuras, es la historia de cómo se origina la vida.
El misterio del cuerpo femenino es el misterio del nacimiento, que es también el misterio de lo no manifiesto convirtiéndose en manifiesto en la totalidad de la naturaleza. Esto trasciende con
creces el cuerpo femenino y la mujer como soporte de esta imagen, pues el cuerpo de la hembra de cualquier especie nos conduce, a través del misterio del nacimiento, al misterio de la vida misma.
Si admitimos el significado religioso de estas figuras, no podemos simplemente etiquetarlas como ídolos de fertilidad: la palabra ídolo trivializa invariablemente el carácter numinoso de la
experiencia religiosa, en tanto que sólo se utiliza para designar las formas de culto de otros pueblos, y la palabra fertilidad pasa por alto también, de forma llamativa, el hecho de que muchas
personas de nuestro tiempo rezan a la Virgen María para que les conceda hijos.
De modo similar, denominarlas estatuillas de Venus es reducir la universalidad de un primer principio (la madre) al nombre de la diosa romana del amor, que era por entonces sólo una diosa entre otras muchas, todas ellas suplantadas tiempo atrás por el Dios Padre como soberano y creador del mundo.
De modo que, para intentar devolver a las figuras del Paleolítico su propia dignidad original, preferimos designar esas imágenes sagradas de los poderes del universo que dan vida, alimentan y regeneran, con el nombre de Diosa madre, o simplemente Diosa.” Anne Baring y Jules Cashford, “El mito de la Diosa”
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* “Una prueba de irrefutable consistencia para englobar estas imágenes paleolíticas en la esfera de lo sagrado es el hecho de que se hayan hallado más de
30.000 estatuillas de similares características pertenecientes al periodo neolítico (7.500-3.500 a.C.), muchas de ellas sobre altares y salpicadas con ocre rojo. De este modo se establece un
continuum simbólico en la cosmovisión indígena europea ¡de más de 35.000 años!, desde las tribus cazadoras-recolectoras del Paleolítico Superior a las primeras poblaciones agrícolas del neolítico
europeo.” Guillermo Piquero

