ENTREVISTA A GUILLERMO PIQUERO,          AUTOR DEL LIBRO MITOLOGÍA SALVAJE

El libro Mitología salvaje forma parte de un proyecto de divulgación cultural más amplio denominado Europa Indígena, ¿Podrías contarnos brevemente en que consiste?

 

   Europa Indígena es, como tu dices, un proyecto de divulgación cultural que pretende generar recursos didácticos en todo tipo de soportes (web, libro, charlas,…) con el objetivo de contribuir a la recomposición del universo cultural del Paleolítico Superior y el Neolítico. ¿Por qué hemos elegido precisamente esa franja temporal? Pues porque según las evidencias del arte simbólico prehistórico fue el tiempo en el que se desarrollaron ininterrumpidamente las culturas indígenas de nuestro continente, y utilizo el término indígena en el sentido de que existe constancia de que una misma cosmovisión se desarrolló de forma continuada desde los primeros humanos de la Era Glacial hasta los primeros pueblos agrícolas preindoeuropeos. Gracias al trabajo de arqueólogos como Marija Gimbutas o James Mellaart, que redescubrieron y recompusieron este eslabón perdido entre las culturas paleolíticas y neolíticas, podemos afirmar que durante ese inmenso periodo de tiempo de casi 40.000 años, desde el Cantábrico hasta Siberia Oriental (y de forma muy similar desde Oriente Próximo al Valle del Indo), se extendió una misma forma de comprender el mundo, una misma cosmovisión, que como la de cualquier otra cultura indígena, estuvo basada en el respeto reverencial hacia la naturaleza y sus ciclos.

 

 El libro se centra principalmente en el periodo paleolítico, época en la que tu propones se originó una visión dualista del universo... ¿Cuáles eran las características principales de aquella cosmovisión primigenia

 

    Bueno, en realidad yo no propongo nada esencialmente nuevo, en el sentido de que ya ha sido propuesto anteriormente por otros muchos autores. Lo novedoso, en todo caso, sería toda la información que recopilo y sintetizo al respecto para que todo este compendio de conocimientos sea visualmente atractivo y accesible para todo tipo de públicos.

    Respecto a tu pregunta y utilizando un término antropológico, digamos que era una cosmovisión animista, es decir, nuestros ancestros creían y sentían que todo ser vivo ya fuera animal, vegetal o mineral poseía vida espiritual y era autoconsciente. Esta biunidad fundamental entre materia y espíritu, entre lo tangible y lo invisible, condicionaba toda su percepción del universo y otorgaba una dimensión sagrada a todas las formas de vida.

    En este mismo sentido dual, la mayor parte de las mitologías prehistoricas describen como toda manifestación de vida es fruto de la unión sinérgica de dos fuerzas principales. De modo génerico las conocemos como principio masculino y principio femenino, y en cada cultura o tradición concreta reciben su particular nombre: así en la alquimia tenemos el anima-animus, en el Tao el Yin-yang, en la mitología sumeria a Isthar-Tammuz, en la egipcia a Isis-Osiris, en la drávida Shiva-shakti, etc, etc, etc.

    En Europa, y partiendo de la base de que existieron dos mitos, dos arquetipos sagrados primordiales (el de la madre y el del cazador), esta biunidad sagrada estuvo representada por la unión entre la fecundidad receptora de la Madre Naturaleza y el poder fertilizador celeste del Señor de los animales y el bosque. Este último representaba el ritmo paralelo existente entre el ciclo anual solar y los ciclos de crecimiento/marchitamiento de la vegetación. Por tanto, nacía y moría simbólicamente cada año. Nacía en el solstico de invierno (epoca en el sol comienza su ciclo de ascenso), moría el 1 de noviembre (Shamain o Todos los santos), y tras un tiempo en el inframundo, en el útero de la Diosa, volvía a renacer el siguiente 21 de diciembre.

 

Precisamente, en el libro haces hincapié en la importancia del concepto de regeneración en el universo simbólico prehistórico…

 

    Decía la arqueóloga Marija Gimbutas que el universo simbólico prehistórico trataba de plasmar la fascinación que nuestros antepasados sentían por la eterna regeneración y renovación cíclica de todas las formas de vida. Y es cierto. Los primeros calendarios lunares paleolíticos, tallados sobre hueso o piedra, tienen forma de sinuosas serpientes, pues este animal, por su cíclico cambio de piel y su periódico despertar tras el letargo invernal, simbolizaba magníficamente el concepto de que la vida surgía, moría y volvía a renacer en un ciclo sin fin.

    Pero la imagen que mejor representaba los conceptos de medida y tiempo era la luna, pues crecía, menguaba y desaparecía por un tiempo hasta que su ciclo volvía a comenzar. Sin duda, este eterno renacimiento de la luna desde su fase oscura, ayudaría a nuestros ancestros a comprender que la muerte no era el final del camino sino un tránsito hacia un nuevo comienzo. Así lo atestiguan los enterramientos paleolíticos salpicados de ocre rojo, flores y semilas, y en los que no nos olvidemos, el difunto se colocaba en posición fetal para que pudiera renacer en el interior de la Madre Tierra como semilla humana. La muerte no era por tanto antagónica a la vida, sino parte indisoluble de ésta.

    De igual forma, el nacimiento, la llegada de la vida, era alentada en ceremonias estaciónales que animaban a la naturaleza animal y vegetal a reproducirse. En dichas ceremonias las mujeres debieron de tener un papel protagonista, pues poseían el mismo don que la Madre Naturaleza: crear vida a partir de si mismas. Un reflejo simbólico de esta espiritualidad femenina lo encontramos en las famosas venus paleolíticas.

 

 

¿Qué nos puedes decir de las venus paleolíticas? ¿Que crees tú que quisieron simbolizar nuestros ancestros con dichas representaciones?

 

    A pesar de los esfuerzos y estudios detallados de numerosos investigadores, creo que todavía no hemos otorgado a estas estatuillas la importancia que se merecen. Dichas representaciones femeninas, no sólo son la primera muestra de arte antropomorfo de la humanidad, sino que evidencian que un mismo universo simbólico fue compartido durante decenas de miles de años desde el Cantábrico hasta Siberia.

    Por otra parte, parece claro que no son representaciones realistas, sino que quieren expresar conceptos más profundos y se sirven del cuerpo de la mujer para expresarlos. Así, la mayor parte de ellas, además de tener elementos comunes como su pequeño tamaño y no tener detallado el rostro, contienen un patrón artístico similar centrado en la maternidad y la fecundidad: pechos enormes, caderas anchas y remarcado triángulo púbico.  

    Sobre su posible significado, tenemos una pista fundamental en la continuidad de dicho arte durante el periodo neolítico, nada menos que 30.000 estatuillas de similares características han sido halladas sobre todo en Europa Oriental, pero también en Oriente próximo y el Valle del Indo. Podemos asegurar que dichas representaciones pertenecían a la esfera de lo sagrado porque muchas de ellas se encontraron sobre altares o en el interior de templos. Aquí la diversidad temática es mucho más amplia que en el Paleolítico, y así las venus neolíticas aparecen relacionadas con motivos vegetales o transformadas en animales, dando a luz o representando la rigidez de la muerte. La opinión más generalizada, y que yo comparto, es que esta multiapariencia simboliza las diferentes caras de la Madre Naturaleza. Esta hipótesis adquiere consistencia si nos fijamos en las funciones y los roles de algunas diosas arcaicas europeas, como la vasca Mari.

 

 

Quizá las representaciones artísticas mas conocidas del Paleolítico sean las pinturas rupestres de animales ¿Cuál crees que puede ser su significado?

 

    Como opinan la mayor parte de prehistoriadores actuales, el significado de dichas representaciones es probablemente muy diverso y no estaría relacionado únicamente con la caza, pues no coinciden los animales más pintados con los que preferían nuestros ancestros para alimentarse. Lo que yo creo que si podemos asegurar con cierta rotundidad es lo que simbolizaba el contexto en el que fueron pintadas: la cueva representa en el universo simbólico de la mayor parte de culturas indígenas, la entrada al inframundo, al útero de la Madre Tierra, una puerta para acceder a la dimensión espiritual en la que se gestan y a la que regresan al morir todas las criaturas vivientes. Por tanto, en una época como la Glaciación Würm, en el que las condiciones climáticas extremas obligaban a nuestros antepasados a depender de la caza de animales para sobrevivir, la cueva era un santuario que nos solo proporcionaba cobijo, sino que permitía establecer una conexión con ese mundo invisible del que los espíritus de los animales procedían.

    Así es muy probable que en el interior de la cuevas, tuvieran lugar ceremonias colectivas de caza parecidas a las que algunos pueblos cazadores-recolectores aún celebran en la actualidad. En dichas ceremonias, algunos participantes acceden al Mundo Espiritual a través de estados alterados de consciencia para dialogar, solicitar permiso o desagraviar a los espíritus que se ven afectados por sus acciones de caza.

    Pero también es probable que la cueva jugara un papel fundamental en distintas ceremonias iniciáticas. Mircea Eliade nos cuenta como en culturas indígenas de todos los continetes, el chamán para iniciarse en su función debe realizar un descenso espiritual al inframundo, dónde será sometido a distintas pruebas que, de superarlas, le permitirán regresar al Mundo Físico como una nueva persona ya iniciada. Las cuevas permitían que ese descenso se realizara no solo espiritualmente, sino también físicamente. Este puede ser el origen de algunas pinturas que se encuentran a más de un kilómetro de la entrada, a las que hay que acceder siguiendo un recorrido en el que hay que optar por diversas bifurcaciones laberínticas, y que fueron pintadas en lugares recónditos y de difícil acceso. Resulta absolutamente increíble la sangre fía y la templanza necesarias para, teniendo en cuenta las capacidades técnicas de la época, llegar hasta esos lugares y ser capaz de poder regresar.

 

 

Una forma que utilizas en el libro para reconstruir la cosmovisión paleolítica es la etnología comparada…

 

    Tengo que decir que aunque esta es una forma de establecer hipótesis sobre nuestro pasado que genera controversias en algunos investigadores, a mi me ha resultado sumamente esclarecedora en numerosas ocasiones. El mayor banco de datos lo he encontrado en las poblaciones que habitan en las inmediaciones del ártico y especialmente en las culturas siberianas. Me explico:

    Es una teoría ampliamente difundida que cuando la Glaciación Würm comenzó a remitir y el casquete polar fue reduciéndose hacia el norte, algunos grupos humanos tomaron también esa dirección siguiendo las grandes manadas de renos. De tal modo que las poblaciones que llevan 10.000 años viviendo alrededor del ártico (lapones, inuits y siberianos), habitan en unas condiciones climáticas y geográficas parecidas a las del Paleolítico Superior (hielo, tundra y taiga), y no solo eso, debido a sus condiciones de aislamiento han conservado, hasta tiempos muy recientes, cosmovisiones de origen muy arcaico. Por tanto, podemos buscar en las tradiciones culturales de estos pueblos, indicios o pistas que nos ayuden a resolver algunos de los enigmas de nuestro pasado.

 

 

¿Podrías darnos algunos ejemplos?

 

    Te daré dos ejemplos:

    En los alpes suizos se encontró lo que parecen ser los restos de un enterramiento ritual de cráneos de osos de las cavernas de más de 75.000 años de antigüedad, cuidadosamente apilados y protegidos por losas de piedra. ¿Qué puede significar? Si buscamos información sobre el simbolismo del oso en las culturas siberianas encontraremos que para los habitantes de la taiga (bosque boreal) es el animal más sagrado y respetado. Los rituales de desagravio tras su caza pueden durar varios días y en muchos casos terminan con el enterramiento o el alzado de su cráneo en un lugar prominente para facilitarle su reencarnación en el vientre de una nueva osa. Los paralelismos son más que evidentes.

    Y un segundo ejemplo:

    Al sur de Moscú, en un yacimiento arqueológico de unos 20.000 años de antigüedad y en el que también se han encontrado dos estatuillas femeninas, se halló una pequeña escultura de bisonte tallada en marfil a la que habían roto sus patas y golpeado con objetos punzantes antes de depositarla sobre un pequeño altar. Para los arqueólogos que la descubrieron, su simbolismo puede estar relacionado con algún rito anticipatorio de la caza. ¿Tenemos alguna pista que pueda confirmar esta última afirmación? Pues efectivamente. Así, entre algunos pueblos siberianos, el chamán acude al bosque para capturar espíritus de animales que luego insufla en estatuillas de madera que los representan. Posteriormente lanza flechas sobre estas figurillas y creen que luego el cazador acertará en el mismo lugar dónde ha dado la flecha del chamán.

    Como ponen de manifiesto los dos ejemplos anteriores, es posible aproximarse con cierto rigor a la cosmovisión de nuestros antepasados paleolíticos a través de investigaciones interdisciplinares, algo que algunos autores denominan arqueomitología. Y es que tenemos infinidad de información sobre dataciones arqueológicas, clima, vegetación, fauna paleolítica… pero seguimos teniendo un inmenso vacío oficial sobre el universo espiritual o las creencias de nuestros ancestros prehistóricos, pues todos los estudios e investigaciones al respecto son tachados de especulativos y acientíficos. Creo que hoy en día tenemos suficientes trabajos serios y rigurosos, como para recopilarlos, sintetizarlos e ir dando pequeños pasos que nos ayuden a recomponer la memoria de nuestros orígenes, no sólo desde una perspectiva materialista, sino también desde una perspectiva cultural, simbólica y porque no, espiritual.

 

 

 

En el libro le dedicas un capitulo al euskera, al que calificas como la lengua indígena de Europa. ¿Por qué le otorgas tanta importancia en la reconstrucción de nuestro pasado?

 

    El euskera es la lengua viva más antigua de Europa, una lengua indígena que pervive precisamente en el territorio en el que se desarrolló el arte rupestre franco-cantábrico y desde el que se repobló gran parte de Europa Occidental tras la última Glaciación. Si este idioma, como parece ya ser compartido por la mayor parte de lingüistas, conserva muchas palabras y raíces etimológicas heredadas de la cultura del Paleolítico Superior… ¿Cómo es posible que no sea tenida en cuenta en las investigaciones prehistóricas? El euskera es un extraordinario banco de datos sobre la forma en que nuestros ancestros sentían, entendían y expresaban su visión del universo. Es el reflejo oral de la cosmovisión indígena europea.

    Por otra parte, dicha cosmovisión aún pervive en muchos aspectos de la mitología vasca. Así, como te decía antes cuando hablabamos sobre las venus paleolíticas, las culturas preindoeuropeas del Neolítico tenían como figura central de su Universo simbólico a la Diosa Madre y los vascos aún conservan el mito de Mari como figura central de su cosmovisión. Un arquetipo sagrado que hunde sus raíces en el principio de los tiempos.

 

Precisamente, algunos autores como Carl Jung o Anne Baring afirman que esos arquetipos sagrados aún permanecen vivos en lo que denominan nuestro inconsciente colectivo, ¿Crees esto posible?

 

    ¿Y por qué no? Date cuenta que estamos hablando de que esos arquetipos formaron parte del universo simbólico humano durante más de 40.000 años seguidos, por lo que es de suponer que un periodo histórico tan grande haya tenido por fuerza que dejar alguna huella de dicha cosmovisión primigenia en nuestra memoria genética. Si como afirman la mayor parte de investigaciones sobre la naturaleza humana, nuestra conducta, necesidades y condición física sigue siendo fruto de la adaptación evolutiva al modo de vida cazador-recolector. ¿Cómo no lo va ser también nuestra forma de sentir, percibir y comprender el mundo? Y al igual que algunos perros que habitan junto a los humanos en zonas salvajes, cuando escuchan el aullido de un lobo cercano, sienten la verdadera naturaleza de su ser y ansían correr monte arriba para unirse a la manada; lo mismo nos sucede a muchos occidentales cuando escuchamos los cantos sagrados o las rogativas de los pueblos indígenas: sentimos una honda emoción, como si algo se revolviera en nuestro interior y nos dijera yo también soy de ahí, como si de repente nuestros ancestros retornaran para hacernos sentir de dónde venimos y cual es nuestra verdadera naturaleza humana.

 

 

¿Y cual es esa naturaleza humana a la que te refieres?

 

    Creo que la naturaleza humana es un reflejo de la naturaleza con mayúsculas. Y a pesar de que, como afirma Máximo Sandín, durante siglo y medio han tratado de trasladar a todos los campos del conocimiento la visión darwinista de que la vida se sostiene y evoluciona gracias a la lucha y la competencia, hoy tenemos suficientes datos para asegurar que esto es rotundamente falso. Como afirman la mayor parte de pueblos indígenas y como parece que empiezan a afirmar cada vez más voces científicas dentro de la física o la biología, la vida es un equilibrio, una sinergia basada en la cooperación e interdependencia entre todos los seres y ciclos que la forman.

    De igual modo, si trasladamos esta visión al ámbito humano y recopilamos los testimonios de todos aquellos viajeros o etnólogos occidentales que en los últimos siglos contactaron con culturas cazadoras-recolectoras que no habían tenido ningún contacto civilizatorio, comprobaremos que en la inmensa mayoría de los casos dichos viajeros coincidían en recalcar el carácter fraternal, cooperativo e igualitario de aquellas culturas. Y este es, a mi juicio, un indicio claro de cómo pudo ser la organización social de las culturas europeas del Paleolítico Superior.

 

Sobre la organización social de los primeros europeos, en la web Europa Indígena recopilas unos sorprendentes datos sobre las culturas preindoeuropeas del Neolítico ¿Podrías resumírnoslas?

 

    Si como hemos dicho anteriormente en la entrevista y a tenor de las evidencias arqueológicas, la cosmovisión de las primeras culturas agrícolas europeas puede considerase heredera de la de sus antepasados cazadores-recolectores paleolíticos, puede que su organización social también fuese muy parecida. En este sentido, hoy sabemos que existieron culturas miles de años anteriores a la Grecia Clásica que desarrollaron un alto grado desarrollo artístico, cultural y humano. Que practicaban la alfarería, el uso del telar, la metalurgia, la navegación a vela o la escritura pictórica hace ya 7.000 años… pero que no necesitaban de esclavos, ni de guerras para mantener su forma de vida.

    Aquellas culturas agrícolas preindoeuropeas estaban asentadas en el centro de fértiles valles, en lugares vulnerables, pero sin embargo no tenían muros defensivos. Es más, en la mayor parte de ellas no existen rastros de guerras o invasiones en periodos que superan los ¡¡2.000 años!!. Conocían la metalurgia pero no la aplicaban para fabricar armas y en su arte colorido y naturalista no se ha encontrado ni un solo motivo militar. Además, las características de sus casas y de sus enterramientos indican una aparente igualdad social y de géneros.

    Estos hallazgos, que no se fundamentan en hipótesis sino en hechos constatados, demuestran que otro mundo no es que sea posible, sino que fue posible, y tiran por el suelo todos los paradigmas mentales en los se sostienen los mitos de la Civilización Occidental. Así que desde aquí animo a quién considere de relevancia todas estas informaciones a que las difunda, para que entre todos y todas comencemos a recuperar nuestra memoria robada, la verdadera memoria de nuestros orígenes.