1. LA VIEJA EUROPA Y LA DIOSA NEOLÍTICA
Nos han obligado a creer que la historia humana ha sido siempre así: gobernada por hombres guerreros más o menos poderosos según la fuerza de sus espadas y el poder de sus ejércitos. Hemos interiorizado una única versión de la historia llena de fronteras, emperadores y guerras. Nos han hecho creer, o nos hemos creído, que antes de la aparición de las catalogadas como primeras civilizaciones no había nada, que los seres humanos vagaban por ahí malviviendo y luchando contra la naturaleza hostil.
Pues bien, según nos revelan innumerables muestras arqueológicas del periodo neolítico europeo, hubo un tiempo en el que el ser humano vivió durante milenios en pequeñas aldeas y ciudades
asentadas en el centro de los valles, mucho tiempo antes de que sus futuros descendientes se vieran obligados a vivir en fortificados castros en lo alto de las montañas por temor a que alguien
les atacase. A esta época de nuestro continente se la conoce como Vieja Europa, término acuñado por la arqueóloga lituana Marija Gimbutas, cuyas investigaciones se han convertido en referenciales
para todo aquel que pretenda sumergirse en la prehistoria
“El término Vieja Europa se aplica a la cultura pre-indoeuropea, una cultura matrifocal y probablemente matrilineal, agrícola y sedentaria, igualitaria y pacífica. Contrasta agudamente con la
cultura proto-indoeuropea que viene después, que era patriarcal, estratificada, pastoral, móvil, y guerrera, que se impuso en toda Europa excepto en algunas franjas del sur y del
oeste de Europa, a lo largo de tres olas de infiltración desde las estepas rusas, entre el 4500 y el 2500 a.c.” Marija Gimbutas, “Diosas y Dioses de la Vieja Europa”.
“En los milenios VII, VI, y V a/c., los agricultores del Este de Europa desarrollaron un modelo cultural peculiar, una cultura contemporánea, al menos, a las que se desarrollaban en Anatolia,
Mesopotamia, Siria, Palestina y Egipto. Esa cuna de la civilización comprende los mares Egeo y Adriático (las islas incluidas), y llega al norte hasta las actuales República Checa, Eslovaquia,
sur de Polonia y oeste de Ucrania, incluyendo en su centro los Balcanes, Moldavia y la Cuenca del Danubio Medio. Es el área cultural al que la eminente antropóloga Marija Gimbutas ha bautizado
con el nombre de Old Europe (Vieja o Antigua Europa).” Josu Naberan, “La vuelta de Sugaar”.
Este tiempo del que hablamos, es coincidente con la aparición de la agricultura y el progresivo sedentarismo, lo que ha venido a conocerse como Revolución Neolítica (el paulatino paso de
las sociedades cazadoras-recolectoras hacia la agricultora) y en muchas regiones europeas coincidiría además, aunque un poquito más adelante, con la cultura megalítica (construcción de dólmenes,
menhires y Cromlechs). Todo esto comenzaría a ocurrir hace unos 10.000 años.
“El término Neolítico significa literalmente edad de piedra nueva. Cuando se introdujo por primera vez en el siglo XIX, otorgaba reconocimiento a la aparición de instrumentos líticos que
habían sido preparados mediante técnicas de pulimentado. Hoy en día, el término se utiliza para designar no sólo nuevos métodos de trabajar la piedra, sino también nuevos métodos de producción de
alimentos. Durante el Neolítico se logro un mayor control de la reproducción de plantas y animales gracias al desarrollo de la agricultura y la ganadería. Esto a su vez sentó las bases materiales
para el surgimiento de densos asentamientos sedentarios y un rápido crecimiento demográfico” Marvin Harris, “Introducción a la antropología general”.
“Se han clasificado siete complejos culturales, que han recibido los nombres de sus regiones o lugares de asentamiento: Adriático, subdividido en las culturas Impresso, Danilo-Butmir y Hvar
(datadas del 6400 al 3500 a.c.), Egeo, subdividido en Pre-cerámica, Sesklo y Neolítico tardío (7500 a 3500 a.c.). Centro de los Balcanes, subdividido en Satarcevo, y Vinca (6400 a 3500 a.c.),
Este de los Balcanes, subdividido en Karanovo, Boian y Gumelnita (6300 a 3500 a.c.), Moldavia y Este de Ucrania, subdividido en Dniesterburg, proto-Cucuteni y Cucuteni (6300 a 3500 a.c.), Danubio
Medio, subdividido en Lineal y Lengyel (6000 a 3500 a.c.) y Tisza, subdividido en Alfold, Tisza-Bukk y Tisza-Polgar (6300 a 3500 a.c.)” Casilda Rodrigañez, “El asalto al Hades”.
Estos pueblos no adoraban a belicosos dioses guerreros (como los que se han apoderado de la mitología calificada como Clásica) sino que sus ritos y creencias seguían siendo herencia del animismo
paleolítico y, por tanto, muy similares a los de las pocas culturas indígenas actuales que se mantienen todavía al margen de la sociedad industrial:
"Las culturas más antiguas de la humanidad llegaron a la conclusión de que la vida surgía, se perdía y volvía a aparecer en un ciclo incesante (como les daban a entender las distintas fases de la
luna, el renacimiento de la serpiente,...). Entendieron que todos los elementos componentes de la naturaleza sin excepción (plantas, árboles, rocas, montes, agua, viento, sol, luna, estrellas,
mar...) eran seres vivientes como el ser humano mismo, puesto que todos esos elementos tomaban parte de igual manera en el ciclo de vida, muerte y regeneración. En el marco de este pensamiento
animista, concluyeron que la naturaleza en su conjunto era una mujer/madre generadora de vida y crearon la gran metáfora que ha marcado el pensamiento del ser humano hasta nuestros días. Hoy en
día está plenamente documentado que esta metáfora de natura/mujer es patente en todo el arte neolítico a través de miles y miles de imágenes”. Josu Naberan, “La vuelta de Sugaar”.
“El Neolítico es la época en que se desarrollaron la agricultura y la cría de animales; ahora la antigua mitología lunar era experimentada en relación al ciclo de las cosechas, donde la gente
veía las etapas luminosas y oscuras de la luna reflejadas en las fases fértiles y áridas de las estaciones. La semilla invisible plantada en la oscuridad del seno de la tierra se volvía visible
en la forma de verdes tallos y luego en la cosecha que era recogida y transformada en comida por el trabajo de hombres y mujeres. La Gran Madre fue venerada en todo el mundo Neolítico. Todo lo
que era de la tierra, ya fuera roca o fuente, árbol o fruta, grano o hierba, era sagrado porque llevaba la vida de la Gran Madre, ofrecida para el sostenimiento de sus hijos. Ninguna especie era
superior a otra. (…) Las mujeres de la era Neolítica estaban relacionadas de cerca con el ritmo de la siembra y el recogimiento de la cosecha, porque participaban en el misterioso proceso por el
cual la vida crecía en la oscuridad de su vientre y renacía como su hijo, y por lo tanto se creía que ayudaban mágicamente a la fertilidad de las cosechas, de los árboles y de los animales. Eran
guardianas de la vida, sanadoras de la vida, entrenadas en el uso de hierbas y ungüentos y en el arte de decorar alfarería. Un complejo simbolismo relacionaba el ritmo lunar en el cuerpo de la
mujer con el misterio lunar de la continua regeneración de la vida”. Anne Baring , “Los orígenes y el concepto del alma”
Esta cosmovisión aborigen ha quedado reflejada en infinidad de representaciones femeninas que las excavaciones arqueológicas están desenterrando a lo largo y ancho del planeta. Y aunque la mayor
parte de ellas corresponden al periodo Neolítico, no son más que una continuación más sofisticada de los ritos y creencias de nuestros antepasados del Paleolítico, como lo demuestra el hallazgo
también de multitud de estatuillas pertenecientes a este último periodo.
“Durante los últimos cien años se han encontrado más de un millar de imágenes de mujeres de la época paleolítica entre grabados, relieves y esculturas. Estas imágenes se han hallado en una vasta
zona que se extiende desde Aquitania hasta Siberia, muchas de ellas en las inmediaciones de los Pirineos, Francia, Alemania, República Checa, Eslovaquia y Ucrania. Pues bien, esta tradición
tendrá continuidad en el Neolítico, habiéndose encontrado unas 30.000 imágenes (la mayoría de arcilla y de mármol) correspondientes al periodo 7500-3500 a/C encontradas en el Este de Europa, así
como Menhires de figura femenina, pequeñas imágenes de mujer o pendientes, en el Mediterráneo Occidental y en las costas de la Europa Atlántica pertenecientes al periodo comprendido entre el 5000
y el 2000 a/C”. Josu Naberan, “La vuelta de Sugaar”.
“El análisis del imaginario mítico de la Vieja Europa ha reconstruido el eslabón entre la religión del Paleolítico Superior y el substrato pre-indoeuropeo de las culturas europeas (...) La
persistencia de la veneración a la Diosa durante más de 20.000 años, desde el Paleolítico al Neolítico y más allá del Neolítico, se demuestra por la continuidad de una variedad de series de
imágenes convencionalizadas. Los aspectos específicos de sus cualidades, tales como el de dar la vida, la fertilidad y el parir nuevas criaturas, es extraordinariamente persistente”. Marija
Gimbutas, “Diosas y Dioses de la Antigua Europa”
Gracias al valiosísimo trabajo de recomposición del universo simbólico neolítico realizado por Marija Gimbutas, sabemos que la Diosa fue representada de muy diversas formas y adoptando diferentes
roles. Así, al personificar la totalidad de la naturaleza, contenía en si misma atributos de fertilidad pero también de muerte, pues ambos aspectos son indisolubles de la vida misma. Podía ser
representada como una mujer embarazada o dando a luz; podía representar la vida vegetal y la renovación cíclica de las estaciones; o podía representar la muerte o el renacimiento de los seres
vivos. Además, todas estas representaciones suelen ir acompañadas de un complejo sistema de signos (espirales, zig-zags, laberintos, meandros, retículas,…) al que Gimbutas, tras
decodificarlo en parte, denominó escritura pictórica.
“El tema principal del simbolismo de la Diosa es el misterio del nacimiento y la muerte y la renovación de la vida, no solo humana, sino todas las formas de vida sobre la tierra y ciertamente, de
todo el cosmos. Símbolos e imágenes se agrupan alrededor de la Diosa partenogenética y sus funciones básicas como Dadora de Vida, Ejecutora de la Muerte, y, no menos importante, como
Regeneradora. Todo gira alrededor de la Tierra Madre, la vieja y joven Diosa de la Fertilidad, que nace y muere con la vida vegetal. Ella era la única fuente de toda la vida y quien tomó su
energía de los manantiales, del sol, la luna y la tierra húmeda. Este sistema simbólico representa al tiempo cíclico, y no al lineal. En el arte se manifiesta mediante señales de movimiento
dinámico (rotaciones en espiral)” Marija Gimbutas
La Diosa de la Vieja Europa también se metamorfosea en numerosos animales que la representan: la Diosa-pájaro (que une el cielo y la tierra, la lluvia y los manantiales); Diosa serpiente
(símbolo de renovación cíclica como indica su muda de piel); Diosa osa y Diosa Cierva (símbolo maternidad); la diosa pez (relacionada con el útero y el liquido amniótico)…la lista es amplísima.
La escritora Anne Baring relaciona este arte neolítico de Diosas zoomorfas con el arte paleolítico de las cuevas, sugiriendo un nexo de continuidad entre ambos. :
“Los animales esculpidos de la Vieja Europa pueden ser considerados, según Gimbutas, como epifanía de la Diosa madre, encarnando los diferentes aspectos de sus poderes. […] Se han encontrado en
muchos lugares que, al parecer, se utilizaban como santuarios o templos, mascaras rituales de animales de toda especie, cubriendo a menudo las cabezas de cuerpos femeninos. Dibujos de animales
decoran vasijas y recipientes, y éstos últimos a menudo tambien tienen forma animal. […] Se ha sugerido en la primera parte que las cuevas paleolíticas cuyas paredes estaban cubiertas de animales
simbolizan la matriz de la Diosa, particularmente porque se han hallado esculturas de la Diosa en el exterior de las cuevas (Laussel), o en sus inmediaciones (Lespugue), lo que indica algún
tipo de relación entre las diosas del exterior y los animales pintados en el interior. En el neolítico, el arte de la Vieja Europa y de Catal Hüyük, en Anatolia, explora la relación precisa que
vincula la Diosa y el animal, invitando a utilizar el término de Diosa de los Animales.[…]” Anne Baring
Un ejemplo actual que demuestra que las teorías de Gimbutas van bien encaminadas es la Diosa Mari de los vascos. Está Gran Madre (que recibe los nombres de Dama o Señora) representa, según la
arqueóloga, un excepcional nexo con la cosmovisión originaria de los primeros europeos. Al igual que la Diosa neolítica, Mari es la figura central del panteón mitológico vasco, todos los demás
seres y genios están supeditados a ella. Según la tradición, representa tanto a los fenómenos naturales (tormenta, viento,…) como a los animales (cuyas variadas formas adopta) y aparece vinculada
a espacios sagrados (manantiales, cuevas, montañas,…). Es además sacerdotisa (sorgin) y rige la conducta de los seres humanos.
Así explica el etnógrafo J.M de Barandiaran la multiapariencia de la Diosa vasca Mari:
“A pesar de la variedad de formas que los relatos populares atribuyen a Mari, todos convienen en que ésta es un numen de género femenino. Mari toma generalmente figuras zoomorficas en sus moradas
subterráneas, forma de mujer en la superficie de la tierra y de mujer o de una hoz de fuego cuando atraviesa los aires. Las figuras de animales, como la de toro, de macho cabrío, de novillo rojo,
de caballo, de serpiente, de buitre, etcétera, a que hacen referencia las narraciones relativas al mundo subterráneo, representan, pues, a Mari y a sus subordinados, es decir, a los númenes
telúricos” J.M. de Barandiaran, “Mitos del pueblo vasco”
Mari es, por tanto, la manifestación de las fuerzas de la naturaleza divinizadas. Pero no en el sentido de divino que entienden las grandes religiones patriarcales, sino en el sentido de sagrado
de los pueblos indígenas. Es decir, Mari no es ajena a la creación (trascendencia), sino que ella misma es la creación (inmanencia) y por tanto, todos los seres y ciclos naturales no son más que
distintas expresiones de una misma cosa, de Mari. Este es el sentido de sus metamorfosis y de su multiapariencia. Y en este mismo sentido hay que entender pues, las distintas manifestaciones de
la Gran Diosa neolítica europea.

