"HILANDO EN LAS PUERTAS DEL LABERINTO". Guillermo Piquero

Artículo  publicado en a 2ª edición del libro MITOLOGÍA SALVAJE (Ed. Cauac, 2017)

 

"Mari, la Gran Dama," hilando un vellón de lana de su compañero Ahari. Su rueca, en eterno movimiento, mantiene activos los ciclos de regeneración de la vida. Al fondo, la tela de araña como imagen arquetípica del laberinto. Pintura de Paz Treuquil.
"Mari, la Gran Dama," hilando un vellón de lana de su compañero Ahari. Su rueca, en eterno movimiento, mantiene activos los ciclos de regeneración de la vida. Al fondo, la tela de araña como imagen arquetípica del laberinto. Pintura de Paz Treuquil.

    "El laberinto es una de las imágenes simbólicas más utilizadas entre los pueblos indígenas para representar al inframundo, a la matriz primordial que alberga el espíritu de los antepasados. Para estas culturas, las espirales y los caminos que se ramifican en infinitas bifurcaciones evocan a las entrañas de la Gran Madre, a ese mundo espiritual paralelo al nuestro al que solo acceden los difuntos… y los vivos que se atreven a emprender el camino de la iniciación (sorgin).

 

    Hace ya decenas de miles de años, nuestros ancestros del Paleolítico europeo penetraban a través de rutas laberínticas hacia el interior de las cuevas, dejándonos como prueba de sus incursiones sagradas un lenguaje simbólico rupestre que aún no hemos sido capaces de descifrar, pero que sin duda les serviría en muchas ocasiones como una suerte de mapa subterráneo para poder desandar el camino y regresar sano y salvo hacia la luz.

 

    En el mito del laberinto cretense, el hilo de Ariadna parece jugar esta función simbólica de amarre o conexión entre la Tierra y el Mundo Subterráneo, entre el mundo físico y el espiritual. Hoy sabemos además, que la historia original fue distorsionada por los invasores griegos que colonizaron Creta y que en su origen relataba la unión sagrada entre la Dama del Laberinto, Ariadna, y su consorte masculino, el Minotauro, como arquetipos sagrados de los dos principios vitales que conforman las fuerzas de la naturaleza.

"Ahari", junto al incadescente inframundo en el que se gestan todas las criaturas vivientes. En su mano izquierda sostiene un cayado con cabeza de dragón (Sugaar) y en su mano derecha, frutos de tejo. Pintura de Paz Treuquil.
"Ahari", junto al incadescente inframundo en el que se gestan todas las criaturas vivientes. En su mano izquierda sostiene un cayado con cabeza de dragón (Sugaar) y en su mano derecha, frutos de tejo. Pintura de Paz Treuquil.

    Este simbolismo originario si pervivió, sin embargo, en otro antiquísimo mito preindoeuropeo, el de la Dama Mari del País Vasco, a quien la tradición oral describe preferentemente hilando en la boca de las cuevas, en la frontera mítica entre el mundo visible y el invisible. Mari es ayudada en su labor de hilado por Ahari, un ser mitad hombre, mitad carnero, que parece jugar un papel análogo al que en otras regiones vascas representa Akerbeltz (Chivo negro) como regente del inframundo. Ambos seres antropomorfos simbolizan por igual el principio de fertilidad masculino de la naturaleza, que cíclicamente activa la regeneración de la vida desde el interior del laberinto, desde el vientre de Ama Lur (Madre tierra).

 

    A diferencia del mito del laberinto cretense, la complicidad amorosa entre el Dios Astado y la Dama vasca es claramente manifiesta. Así, algunas leyendas describen a Mari hilando acostada, mientras apoya su cabeza sobre el cuerpo también tumbado de Ahari, y utiliza los cuernos del hombre-carnero para devanar el hilo dorado de su madeja. Este precioso simbolismo en torno al hilo como metáfora de vida y de los conceptos duales que la contienen, debió de ser de gran importancia para nuestros ancestros y habría que preguntarse si la raíz preindoeuropea ari que aparece en los nombres de Ariadna, Mari y Ahari pueda estar relacionada con el vocablo vasco hari (hilo). Y lo mismo podríamos decir de otra palabra clave vinculada al concepto de inframundo: arima (alma en euskera).

 

"Argizaiola". Objeto ceremonial vasco antropomorfo que se coloca sobre la tumba familiar para comunicarse con los ancestros. La vela, a modo de cordón umbilical,  evoca el hilo dorado que une el mundo de los vivos con el de los muertos mediante el fuego.
"Argizaiola". Objeto ceremonial vasco antropomorfo que se coloca sobre la tumba familiar para comunicarse con los ancestros. La vela, a modo de cordón umbilical, evoca el hilo dorado que une el mundo de los vivos con el de los muertos mediante el fuego.

 

    En relación a este último término (arima), cabe recordar, que hasta hace unas pocas generaciones, las hilanderas vascas de una misma vecindad solían reunirse por las noches en la cocina del caserío de alguna de ellas para trabajar conjuntamente en torno al fuego, lo cual no sólo suponía un compromiso laboral, sino también espiritual, pues el hogar (fuego de la cocina) era considerado un lugar sagrado en conexión con el Mundo Subterráneo y a través del cual, hacían aparición las almas de los antepasados durante la noche.

 

    Así relata el etnógrafo vasco J.M. de Barandiaran la relación entre hogar e inframundo: Los caminos de las almas, si nos atenemos a algunas leyendas, son ciertas galerías misteriosas que ponen en comunicación cada hogar con el mundo subterráneo. Ciertas simas y cavernas del país son tenidas por conductos por dónde circulan las almas […] tales conductos desembocan en hogares o cocinas, sobre todo en los de las casas más antiguas.

 

    Podemos afirmar por tanto, que la etxe vasca, al igual que la cueva paleolítica, era al mismo tiempo hogar y templo, un lugar que mantenía la conexión entre los vivos y sus antepasados a través del mundo subterráneo y, por eso, los vascos enterraban a sus difuntos junto a la casa familiar.

 

    Pero además de la cueva y la etxe, existe un tercer espacio sagrado que según las tradiciones arcaicas también está conectado con el Mundo Subterráneo: nos referimos al dolmen. Las culturas preindoeuropeas del Neolítico, recrearon el espacio sagrado de la cueva mediante construcciones megalíticas que imitaban la forma del útero (dolmen de corredor) con largos pasillos que desembocaban en una gran cámara, y en la que frecuentemente grababan espirales, meandros o formas laberínticas en clara alusión al inframundo.

 

    La tradición oral vasca cuenta que los dólmenes, al igual que otros monumentos megalíticos, fueron construidos por una cultura humana anterior a la nuestra, dotada de extraordinaria fuerza y sabiduría: los mairu. Podríamos decir que los mairu representan el arquetipo del ancestro primigenio, conocedor de los secretos de las artes y los oficios, y que también es llamado gentil en el sentido bíblico de no evangelizado, de pagano. Así, como afirma simbólicamente la tradición oral vasca, fue el sonido de las campanas de las ermitas lo que expulsó a los gentiles de la tierra que hasta entonces habitaban.

 

Dolmen de Jentillarri (Aralar). Según la tradición oral vasca, fue el lugar por el que los últimos gentiles (mairus) regresaron al Mundo Subterraneo en espera de un nuevo renacer.
Dolmen de Jentillarri (Aralar). Según la tradición oral vasca, fue el lugar por el que los últimos gentiles (mairus) regresaron al Mundo Subterraneo en espera de un nuevo renacer.

 

    Este mito nos puede ayudar a interpretar el significado de multitud de topónimos con la palabra moro o mora asociados a megalitos, cuevas y restos arqueológicos prehistóricos que encontramos a lo largo y ancho de la Península Ibérica. Así, entre decenas de ejemplos, podríamos citar el Castro de la Peña del Moro en Cataluña, de la Edad del Hierro; el Dolmen de la cueva de la Mora en Huelva, de época calcolítica o el Dolmen de Pedra Moura, en Galicia, también del Calcolítico. En Aragón, a los moros se les identifica con una raza humana muy antigua, de gran estatura y fuerza, que construyeron los menhires y dólmenes pirenaicos y lo mismo dicen en Asturias de los morus.

Dolmen de Gaxteenia (Mendibe), tambien conocido como "Mairi-etxe" (Casa de Mairi).
Dolmen de Gaxteenia (Mendibe), tambien conocido como "Mairi-etxe" (Casa de Mairi).

    Pero además de en la toponimia y en la mitología, existe otro nexo cultural entre los distintos pueblos peninsulares sobre el mito de los moros. Se trata de una leyenda que se repite de forma asombrosamente similar en lugares geográficos muy distantes y que tiene como protagonista a una mora hilandera constructora de dólmenes.

 

    Así nos encontramos con que en tierras vascas, al norte de los Pirineos, una mairi levantó los dólmenes de Mendibe y Armiaga. La leyenda cuenta que transportó las enormes rocas sobre su cabeza desde una montaña cercana, al mismo tiempo que mantenía sus manos ocupadas en hilar. Similar explicación dan al otro lado de los Pirineos, en Huesca, para el Dolmen de la Losa Mora, de 4.000 años de antigüedad: fue construido por una mora que transportó las piedras sobre su cabeza a la par que hilaba ayudada por su rueca. Idéntico relato encontramos en Extremadura para el Dolmen del Cravilejo, en León para la gran piedra de Peña La Mora, o en Galicia y Portugal para numerosos dólmenes que según la tradición oral fueron construidos por mouras hilanderas; y lo mismo podríamos decir de otros muchos megalitos peninsulares... e incluso de la Europa Atlántica.

Amama vasca hilando lino con la ayuda de su rueca. La humanidad lleva trabajando esta fibra vegetal desde hace al menos 10.000 años.
Amama vasca hilando lino con la ayuda de su rueca. La humanidad lleva trabajando esta fibra vegetal desde hace al menos 10.000 años.

    No cabe duda de que el mito de la mairu hilandera constructora de dólmenes está relacionado con el mito de Mari hilando en sus refugios rocosos. En este sentido, tanto la etimología de Mari como la de Mairu, parecen estar vinculadas con el hilado: hari (hilo) e irun (hilar). Como hemos dicho antes, este hilo dorado une a través de la cueva (y el interior del dolmen es según los geobiólogos energéticamente similar a una cueva), el mundo de los vivos con el de los muertos, con el de los ancestros. Es el nexo que nos conecta con nuestro linaje, cuya etimología deriva de línea que significa hilo de lino.

 

    Podemos suponer entonces que los dólmenes, como las cuevas, son lugares dónde uno puede acceder al Mundo Subterráneo, allá dónde moran los ancestros. Un ejemplo lo encontramos en Galicia, en el megalito de Porta do Alen que significa puerta al mas allá, dónde la tradición oral dice que el Día de los Difuntos (Samaín en la cultura gallega), entrando a su interior y depositando una ofrenda, uno puede comunicarse con los familiares muertos, cuyas palabras vienen en el viento que se bate entre las piedras.

"Ama Hiru". No son tres, sino las tres caras de una. Los ritmos circulares de la Madre Naturaleza pueden ser expresados simbólicamente a traves del paralelismo entre las fases visibles de la luna y los ciclos vitales de la mujer. Pintura de Paz Treuquil.
"Ama Hiru". No son tres, sino las tres caras de una. Los ritmos circulares de la Madre Naturaleza pueden ser expresados simbólicamente a traves del paralelismo entre las fases visibles de la luna y los ciclos vitales de la mujer. Pintura de Paz Treuquil.

    Pero la etimología de la palabra vasca mairu aún nos puede abrir otros caminos que nos conducen hacia una mayor comprensión de la cosmovisión indígena europea. Por un lado tenemos la raíz ma, contracción de la palabra ama (madre). Por otro lado la palabra iru (tres), que como hemos dicho anteriormente está asociado a irun (hilar) y que posiblemente deba su origen a que el trenzado más sencillo se realiza a partir de tres hilos. Tenemos pues las palabras Madre, tres e hilar. ¿Hay alguna referencia en otras mitologías europeas que relacionen estos términos? Pues si, la diosa triple hilandera del destino.

 

    Un arquetipo sagrado cuya referencia más conocida está en el mito de las Moiras griegas, pero que también se encuentra en la mitología romana (Parcas), la escandinava (Nornas), la báltica (Laima), y la eslava (Sudicky). Su carácter triple expresa los ciclos de crecimiento, plenitud y marchitamiento de la naturaleza, que nuestros ancestros explicaban, alegóricamente, a través de las fases visibles de la luna. Así, las tres caras de la Diosa son: una adolescente como luna creciente (que hila la hebra de la vida con una rueca y un huso), una madre como luna llena (que mide con su vara la longitud del hilo) y una anciana como luna menguante (que corta el hilo con sus tijeras).

 

    La invisible luna nueva, como el tránsito oscuro hacía el renacer, nunca se representaba, aunque en el caso de las Moiras parece estar presente de forma indirecta a través de Moros, uno de los dioses del inframundo griego y cuyos dictados siguen las Moiras. Este hecho expresa el concepto simbólico de que es a partir del principio de fertilidad masculino como se activa la regeneración de la vida desde el interior del mundo subterráneo, produciendo una nueva hebra de vida que será hilada por las Moiras.

 

    Como deidades del destino, su labor de hilado también representa las tres dimensiones temporales que definen la vida de cada persona: el pasado (el hilo ya enrollado en el huso, como algo ya definido y sin posibilidad de cambio), el presente (el hilo que está girando entre los dedos) y el futuro (las fibras de la rueca como algo sin forma y aún por definir).No

 

    La Diosa Triple, como arquetipo sagrado que expresa el carácter cíclico y multiaparente de la Madre Naturaleza, tiene sin duda un origen muy antiguo. Algunos autores ven su representación más temprana esculpida en la pared de Roc aux sorciers hace unos 15.000 años y posteriormente en el símbolo de la triple espiral tallado en algunos templos megalíticos. También tenemos constancia de numerosos mitos triples europeos como el de Las Matres, la diosa celta Brigit, la griega Hécate o la romana Trivia; y de otras partes del mundo como la Tridevi del hinduismo, la triada Uzza, Al lat y Manat de los antiguos árabes o la diosa Ixchel de los mayas, entre muchas otras…

 

    Todas estas diosas guardan relación directa o indirectamente con el hilado, lo cual nos remite a un último personaje en esta historia. Se trata de la maestra primordial, aquella que enseñó el secreto del hilado y del tejido a las deidades primitivas. Como matriarca de este linaje sagrado, en algunas culturas ancestrales se la conoce por el mismo nombre: Abuela Araña. Es la Kokyangwuti de los hopi, la Llalín Kushe entre los mapuches o la Amama de los vascos. En la cosmovisión maya, la placenta de la diosa Ixchel es descrita como una tela de araña de cuyo centro (ombligo) cuelga un hilo que representa: el gran cordón umbilical que une a Ixchel con todos los seres vivos en un único y excepcional tejido, el Tejido Sagrado de la Vida.

 

                          * Guillermo Piquero, diciembre del 2017. En memoria de los ancestros.


Según la linguistica oficial las palabras vascas ARIMA (Alma) e IZPIRITU (Espíritu) provienen del latín. ¿Será posible que la antigua espiritualidad vasca, cuyas raíces se hunden en el chamanismo paleolitico, tuviera que tomar prestados dichos términos? ¿Será casualidad que de ambas palabras se puedan desprender vocablos relacionados con el hilado?:

ARI (Hilo), IZPI (Fibra, hebra, filamento)

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