Existe un concepto cosmológico que, bajo distintas formas y diferentes nombres, está presente en todas las cosmovisiones de origen primitivo. Nos referimos al concepto de biunidad del universo, según el cual toda manifestación de vida es fruto de la unión sinérgica de dos fuerzas principales.
Estas dos grandes energías, cuya unión mantiene en equilibrio el cosmos, se conocen por los nombres genéricos de Principio Femenino y Principio Masculino, y constituyen los dos pilares principales en los que se sostienen mitologías indígenas como la drávida (Shiva-Shakti) o la nahuatl (Ometéotl-Omecihuatl), y tradiciones espirituales arcaicas como la alquimia (anima-animus) o el Tao (yin-yang).
En Europa, y según las evidencias del arte simbólico prehistórico, una dualidad mitológica de significación similar comenzó a forjarse a finales del Paleolítico. Así, como imágenes arquetípicas del principal papel social que desempañaban hombres y mujeres en las primeras comunidades humanas, una Gran Madre (plasmada en estatuillas de piedra o marfil) y un Señor de los animales y el bosque (representado en pinturas rupestres como las de Les Trois Frères o Chufín) regían entrelazados el panteón mitológico de nuestros ancestros.
A pesar de lo estereotipada que nos pueda resultar esta última hipótesis, todo parece indicar que estos dos mitos primordiales, el de la madre y el del cazador, desempeñaron un papel fundacional en la mitología indígena europea, para posteriormente evolucionar en aspecto y forma hasta adaptar su simbolismo a las primeras civilizaciones sedentarias del neolítico como la sumeria (Ishtar-Tammuz), la egipcia (Isis-Osiris), o la preindoeuropea (Triple Diosa-Dios Astado); y dando a su vez lugar a nuevos ritos relacionados con la fertilidad de las cosechas y del ganado (Hierogamia).
Extracto del libro Mitología salvaje. El
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