15. EL MATRIARCALISMO VASCO

"Pensamos, en efecto, que en la cultura vasca anida un cierto resto latente matriarcal que, al tiempo que la define genéticamente, la coloca en correlación con la prodigiosa cultura aborigen mediterránea matriarcal, derruida sin embargo por las famosas invasiones indoeuropeas sobre el 2.000 a. C. La cultura vasca ancestral, aún hoy latente, significa pues un cierto reducto en el interior de las conquistas indoeuropeas.”

Andrés Ortiz-Osés

 



El término “matriarcalismo vasco” fue acuñado por el profesor de la Universidad de Deusto  Andres Ortiz-Osés, segun el:

 

“Se entiende por matriarcalismo vasco la estructura psicosocial centrada o focalizada en el arquetipo matriarcal-femenino (mujer-madre) y su proyección en la Madre naturaleza divinizada (Mari) que impregna, coagula y cohesiona el grupo social tradicional vasco de un modo diferenciante respecto a los pueblos indoeuropeos patriarcales.”

 

Ortiz-osés no utiliza el término matriarcado porque “este implica una realidad social del mismo sentido que cuando se utilizada el término de patriarcado, una sociedad dominada por la Mujer o Madre. El matriarcado implicaría una realidad impositiva, mientras el matriarcalismo vasco es una estructura psicosocial compuesta por las siguientes subestructuras: 

 

1. Subestructura psicomítica: La sociedad y la mitología gira en torno a la Gran Madre Mari, al tiempo que esta se encuentra representada en el hogar como la madre-mujer real o etxekoandre.

 

2. Subestructura social: la herencia y el parentesco se transmiten por la línea femenina, según Caro Baroja se debería al papel de la mujer como recolectora de los alimentos en el paleolítico o agricultura de azada en el neolítico.


3. Subestructura simbólico-lingüística: la realidad es articulada como flujo o devenir de la energía femenina (adur), que conjuran las sorginak (sacerdotisas o brujas), frente a la consideración estática de la realidad patriarcal. El propio lenguaje ofrece en su interpretación primigenia de la realidad una marca-asignación de lo matriarcal femenino, el conocido sufijo -ba.

4. Subestructura anímica: gran ligazón a la madre, tradición oral, fratrías o hermandades, la religión con un sentido envolvente o totalizante del cosmos y de la existencia (izatea), autoridad materna, etc. Se podría hablar de un "matrismo" (comunalista) frente a un "patrismo" (individualizador )“ Andrés Ortiz-oses “Matriarcalismo vasco”

 

Labradoras vascas junto a sus "laias".
Labradoras vascas junto a sus "laias".

 

Según nos indica Ortiz-Osés en el parrafo anterior, una de las características fundamentales de la cultura tradicional vasca (y por extensión de las culturas preindoeuropeas) era (es) que el linaje familiar seguía la linea uterina o materna (matrilinealidad). Así describía Julio Caro Baroja como la etiología del euskera refleja el modelo matrilineal vasco:

 

"La palabra que sirve para designar la hija es alaba, mientras que para decir hijo se emplea la voz seme. Para designar a la hermana del hombre úsase la de arreba y para el hermano de la mujer la de neba: por último, la hermana de la mujer es aizpa mientras que los hermanos entre sí son anaiak. Es decir, que cuando se trata de fijar el parentesco entre hermanos y hermanas aparece el sufijo ba, pero no al designar a los hermanos cuando no se habla de ellos sin referencias a las hermanas, no en el nombre de los hijos varones y sí en el de las hijas. Estos es notable y, en consecuencia, cabría pensar que nombres como el de osaba, oseba, osoba=tío; izaba, izeba=tía, y asaba=antepasado, se referían en un principio a la rama materna únicamente, que sería la más considerada y tenida en cuenta”. Julio Caro Baroja, "Sero no ser vasco."

 

Por otra parte , aunque el linaje siga la linea materna, eso no significa ningun tipo de discriminación entre los sexos, y así por ejemplo, en el derecho pirenaico, la herencia familiar se transmitía al primogénito/a, independientemente de si este era hombre o mujer:

 

"En el derecho pirenaico y frente a la legislación feudal germánica, el derecho de primogenitura no descansa solo sobre la figura del hijo, sino también sobre la de la hija, con relación a la cual todos los hermanos más jóvenes aparecen en la ya indicada relación de dependencia. En las costumbres y el derecho, la mujer aparece como única representante de la familia, cuyo nombre también toman el esposo elegido y toda la descendencia (...) Además, la hija heredera se une en matrimonio siempre con los hijos menores desheredados de otras familias, no con los mayores, puesto que en tal caso, una u otra parte de las posesiones familiares deberían perderse, y por lo tanto se anularía la idea básica de todo el orden social." J.J. Bachofen, "El derecho materno"

 

Al hilo de estas palabras de J.J Bachofen, Josu Naberan recalca:

 

"En efecto, no es el individuo, sino la casa (etxea) la base de todo ese orden social. El derecho de primogenitura y todas las demás costumbres tienen como finalidad el mantener intacto el patrimonio de la casa. Ese hecho supondrá evidentemente un coste humano considerable y muchos hijos tendrán que emigrar. Es un sistema tan duro en sí que, como observa Bachofen, solo era posible mantenerlo gracias a la autoridad de la madre (que el autor alemán denomina ginecocracia). Gracias al sentido natural de equidad de la autoridad materna. (...) Ese sistema explicaría, dice Bachofen, la pervivencia milenaria del modo de vida y de las costumbres del pueblo vasco." Josu Naberan, "La vuelta de Sugaar.

 

 

La etxe vasca (El Templo-útero)
La casa para los vascos es el hogar del clan y las grandes dimensiones de los baserris (caserios) así lo indican. El nombre de la casa (Etxe) a la que pertenecían constituyo desde tiempos inmemoriales el apellido de los vascos (Goiko-etxea, Urrutiko-etxea, Bengo-etxea, etc.), o lo que es lo mismo, el nombre del clan al que pertenecían. Esto permitió la supervivencia de una identidad grupal matrifocal y matrilineal que permaneció intacta desde tiempos prehistóricos y que aún permanece en muchos hogares vascos.

 

Andrés Ortiz-Osés defendía desde el punto de vista de la antropología simbólica vasca que la Etxe (casa) vasca, reconstituía la cueva de la Diosa Mari, cuya representación era la Etxekoandre o Señora de la casa:

 

"La etxe vasca es radical, elemental y absolutamente matriarcal-femenina en opinión de Ortiz-Oses, pues es a la vez tiempo y espacio de comunión de vivos y muertos, morada y sepultura, templo y cementerio y lugar de vida (procreación y nacimiento) y muerte (defunción, entierro y rememoración).” 

 

 

Según el escritor Louis Charpentier:

 

“Contrariamente a lo que definen todas las leyes sobre la propiedad, la casa no es propiedad de un hombre, de una pareja o de una familia más que aparentemente. Lo contrario seria más correcto: los habitantes de una casa son los que, en cierto modo, forman parte de la propiedad de la casa.  […] la casa es la sucesora normal de la caverna; es la caverna reconstituida sobre el suelo y ésta, tanto si los hombres habitan en ella o no, es el dominio de Mari. Quizá vaya muy lejos al emitir la hipótesis de que, como resto de tiempos muy antiguos, la “señora de la casa” remplaza y es, en cierto modo, la proyección de Mari en sus cavernas inviolables. La etxekoandre es la representante de Mari, regente de un poder religiosamente transmitido. A ella le corresponde determinar lo que puede o no puede hacerse en el dominio de Mari.

Los eruditos, ocupados con este problema con una mentalidad de inspiración cristiana, que reserva los papeles tanto sociales como religiosos únicamente a los hombres, no podían comprender, ni a menudo admitir, esta autoridad femenina, de la cual no han solido ver ni el alcance ni sus límites.

No comprendieron que la etxekoandre era la representante de un bien más espiritual que temporal. Era la guardiana de un templo. A ella le correspondía hacer respetar este lugar y su perennidad, como un centro religioso que integraba, a la vez, tanto a muertos como a vivos.” Louis Charpentier, “El misterio vasco”

 

Así describe J.M. de Barandiaran el carácter sagrado de la Etxe vasca:

 

“Según la concepción tradicional que aún perdura en el pueblo, el vasco se halla ligado a un ETXE "casa". Muchas veces el apellido mismo es nombre de su casa de origen. El ETXE es tierra y albergue, templo y cementerio, soporte material, símbolo y centro común de los miembros vivos y difuntos de una familia. Es también la comunidad formada por sus actuales moradores y por sus antepasados. Tales son los atributos de la casa tradicional vasca que ahora, con los nuevos modos de vida, van desfigurándose o desapareciendo.

En estrecha relación con el ETXE, se desarrollaron durante siglos los principales modos de vida (que tienen su expresión en las viejas leyes y costumbres) y todo el sistema mitológico y religioso que establece y asegura la comunión de vivos y difuntos. El mundo conceptual del vasco histórico gira, pues, alrededor de ETXE, que a su vez persigue un ideal: hacer que cada uno de sus habitantes vivan sin dolor y sin pena en armonía con los suyos, en comunión con sus antepasados en esta vida y en la otra.

Es desde luego lugar sagrado protegido por el fuego del hogar  (símbolo de Mari) que tiene virtudes sobrenaturales; por el laurel de su huerta o por el que se conserva en casa; por diversas ramas de espino albar, de fresno y de las flores solsticiales; por la flor del cardo silvestre, símbolo del Sol; or el hacha y la hoz dotadas de poderes místicos; por ser morada de espíritus de antepasados o lugar visitado por éstos; por la perennal ofrenda de luz que allí se enciende a las almas, procurando conservar el fuego del hogar conforme a una ritual prescripción o norma de «alumbrar a los muertos siquiera sea con una pajuela»; por la práctica de depositar sobre las repisas exteriores de las ventanas, piadosas ofrendas de comestibles destinadas a los difuntos de la casa; por la costumbre antigua de orientar las casas de suerte que su entrada principal mire al Sol naciente, y, finalmente, porque la casa es antiguo cementerio familar.” J.M. de Barandiaran. Mitología vasca

 

La memoria de los antepasados ha estado siempre presente en el clan vasco. Esto ha sido descrito por diferentes investigadores como un culto a los muertos. Nosotros, atendiendo a las denominaciones que utilizan otros pueblos indígenas del planeta preferimos la palabra ancestro o antepasado, pues según dichas cosmovisiones los antepasados siguen presentes (espiritualmente) a pesar de haber abandonado el mundo físico visible. A través de distintas ceremonias sagradas, estos pueblos siguen en contacto con dichos ancestros y este es el significado de los ritos que se realizaban en el etxe y que eran oficiados por  la etxekoandre: 


“La etxekoandre es la principal ministra del culto doméstico. Ella practica distintos ritos como ofrecer luces y comestibles a los difuntos de la casa o adoctrinar a todos en el deber de mantenerse en comunión con sus antepasados […]” J.M. de Barandiaran. “Mitos del pueblo vasco”

 

"La etxekoandre o señora de la casa es quien representa a la casa, presidiendo así los actos y las ceremonias sagradas como la sepultura. Cuando no hay ninguna mujer de la familia que pueda asistir a tales actos es reemplazada por la andereserora (señora soror en euskera), que es a modo de sacerdotisa del vecindario quien representa a las etxekoandre o ministras del culto doméstico. […]. Ejemplo de la importancia de la mujer en el sacerdocio pagano son los ritos que aun se conservan en lugares como Urdiáin (Navarra), donde en los dos solsticios las mujeres recorren el pueblo formando círculos alrededor de las hogueras y cantando coplas al Eguzki Amandrea (Abuela Sol)." Andrés Ortiz-oses, "el matriarcalismo vasco"

“Se ha hablado mucho de un «culto a los muertos» que, sin ser absolutamente propio del País Vasco, posee una gran importancia. Se trata, sin duda, de una costumbre que, como la de la etxekoandre, parece proceder del tiempo de las cavernas. En efecto, se ha observado que, en la mayor parte de las cavernas que fueron habitadas en el País. Vasco, los muertos no fueron enterrados en el fondo, sino en la entrada. Durante mucho tiempo, e incluso después de la aparición del cristianismo, los muertos de la Etxe eran inhumados, al menos cerca de la entrada, bajo el tejadillo. […] le corresponde a la «señora de la casa», como tal, encargarse de los aspectos tanto religiosos como afectivos debidos a este muerto.” Louis Charpentier, “El misterio vasco”

“Antes de la introducción del cristianismo, la casa misma debió de servir de sepultura familiar. Y en ella se hacían las ofrendas a los muertos. De esto quedan vestigios como la práctica observada hasta nuestros días de enterrar bajo el alero de la casa o en el «BARATZ» "huerto contiguo a la casa”, a los niños muertos sin bautismo (Mairu) bajo el alero de su propia casa; la costumbre de encender luces y de depositar ofrendas (comestibles) para los difuntos de la casa en las ventanas de la misma, es decir, sobre el «BARATZ» o el supuesto cementerio doméstico, en la creencia de que aquellas luces velan por los difuntos alumbrándoles realmente en su vida subterránea y de que aquellas ofrendas (o su fuerza nutritiva) son consumidas por las almas; […] lo dicho nos da a entender que la casa tradicional vasca es una institución de carácter económico, social y religioso integrada por una familia que son los moradores actuales en comunión con las almas de antepasados, portadora de una tradición y encargada de funciones religiosas irrenunciables.  […]

Siendo los ETXES recintos sagrados y centros de convergencia de vivos y muertos, todos se hallan en un plano de igualdad, lo que contribuyó, sin duda a que se desarrollaran sentimientos de respeto hacia las casas y hacia sus habitantes. Todos son, en efecto, iguales e igualmente inviolables; e igualmente respetables sus moradores, representantes temporales de iguales instituciones, investidos de idénticos derechos y deberes sagrados en todas las casas. Quien quebrante tales normas y contraríe a tales sentimientos, puede temer que le sobrevenga alguna de las terribles enfermedades causadas por los espíritus.

Estos rasgos que, más o menos desfigurados por la profunda transformación de la vida operada en este siglo, pueden apreciarse todavía en la casa rural vasca, aparecían más acusados en los tiempos forales. Así, el sagrado derecho de asilo propio de los templos en la antigüedad, era reconocido a la casa por las leyes vascas.” J.M. de Barandiaran, "Mitología vasca"



En el vientre de Ama Lur 

Otra característica esencial del matriarcalismo vasco es la de entender a la Tierra como una divinidad femenina de cuyo vientre surgimos y  a la que de nuevo regresamos al morir, en un ciclo eterno de vida, muerte y regeneración. Pero para los antiguos vasc@s, este Mundo Subterraneo no solo representa la matriz de dónde nacen los seres terrestres, sino también los celestes. Esto implica que una descripción más precisa del inframundo vasco sería la de útero o matriz del cosmos. Así por ejemplo, en la mitología vasca, el sol y la luna son  hijas de la Tierra (una cosmovisión que por otra parte, también comparten otras culturas arcaicas como la maya o la egipcia.)

 

“La Tierra, como madre, suponía el Axis Mundi de toda la existencia, dando a luz a todo lo demás que existía, incluidos al Sol y la Luna (ambas de carácter femenino en la Mitología Vasca) que actuaban a modo de hijas de Amalur. Se consideraba que cuando amanecía era que la Tierra había dado a luz al sol, mientras que la luna “había regresado” al útero materno, y cuando anochecía, se consideraba que la Tierra había dado a luz a la luna, mientras que Eguzki (la Sol) había vuelto nuevamente al útero materno. Algo que condicionó también la forma de concebir la muerte por los antiguos vascos, quienes creyeron que “volvían a la tierra-madre” y lo que provocó que el enterramiento primitivo fuese “bajo tierra” poniendo el cadáver en “posición fetal”. La Tierra era por tanto el Eje de toda la existencia, todo lo que hay por encima de ella es “vivo”, y todo lo que hay debajo es “muerto y/o sobrenatural” lo que produce, a menudo, mitos como los supervivientes de Dioses que viven bajo tierra, se desplazan por galerías subterráneas, y acceden al mundo por aberturas naturales, convirtiendo el panteón vasco en un panteón principalmente ctónico. […] El paganismo vasco es un paganismo principalmente subterráneo, no únicamente los Dioses y espíritus a menudo viven en cavernas o se sitúa el “más allá” bajo tierra, […] sino que el Paganismo Vasco indica que “todo” proviene del mundo subterráneo. La luna, el sol, los vientos y las tempestades, estas últimas provocadas por actividades sobrenaturales que tienen lugar bajo tierra y que, a través de grutas y aberturas naturales, se escenifican en el mundo del ser humano a modo de vientos y tempestades.” Jack Green, “La Diosa Mari”

 

 En este mismo sentido J.M. de Barandiaran comenta:

 

“En el interior de la Tierra existen comarcas inmensas, donde corren ríos de leche; pero son inaccesibles al ser humano, mientras éste viva en la superficie. Con ellas comunican ciertos pozos, simas y cavernas, como el pozo Urbión, las simas de Okina y de Albi y las Cuevas de Amboto, de Muru y de Txindoki. De tales regiones subterráneas proceden ciertos fenómenos atmosféricos, principalmente las nubes tempestuosas y los vientos huracanados. El cielo azul recibe el nombre de Ostri. En él se mueven los astros, los cuales, al ponerse en el Occidente, se introducen en los «mares bermejos» (itxasgorrieta), para seguir su curso a través del mundo subterráneo. Así, el Sol, que durante una parte de su curso alumbra al mundo de la superficie, luce durante la otra debajo de la Tierra. El Sol y la Luna son divinidades femeninas, hijas de la Tierra, a cuyo seno van todos los días después de su recorrido por el Cielo. El día es para los seres humanos que viven en la superficie terrestre. Pero ésta pertenece, durante la noche, a los espíritus y a las almas de los muertos para los cuales alumbra la luna”. J.M. de Barandiaran. Mitología vasca

 

Y es que cuando Joxe Miguel de Barandiaran rescató a principios del SXX los últimos retales culturales de la cosmovisión indígena vasca, se encontró con una mitología a la que definió como de carácter “ctónico o subterráneo”, ya que al igual que las mitologías de los pueblos preindoeuropeos con las que estaba emparentada, dirigía con más atención su mirada hacia las profundidades de la Madre Tierra que hacia las alturas del Padre Cielo. Así, la mayor parte de los númenes y espíritus de la naturaleza que recopiló de la tradición oral, procedían de un particular inframundo o infierno vasco que carecía de las connotaciones negativas que predicaba el cristianismo romano y con el que establecía comunicación el pueblo llano a través de ritos y ceremonias sagradas.

Pintura de Josephine Matsen en la que se ve una montaña con los rasgos de la Venus de Laussell. De su vientre incandescente surgen los espíritus de los animales hacia el agua de la vida.
Pintura de Josephine Matsen en la que se ve una montaña con los rasgos de la Venus de Laussell. De su vientre incandescente surgen los espíritus de los animales hacia el agua de la vida.

    Para nuestros antepasados, entrar en este Reino Subterráneo era entrar en el vientre de Ama Lur, en un mundo espiritual paralelo al nuestro, en el que habitaban los difuntos, pero en el que también se gestaba y regeneraba la vida. Podríamos decir que más que un lugar de muerte, era un lugar de regeneración, como lo demuestra el hecho de que a lo largo de decenas de miles de años de prehistoria, pervivió el rito funerario de enterrar a los difuntos en posición fetal. Del mismo modo, en yacimientos arqueológicos del Neolítico preindoeuropeo, se han encontrado hornos de pan de 7.000 años de antigüedad cuya bóveda imita el vientre de una Gran Diosa gestante. Imaginémonos pues el útero incandescente de Mari y tendremos una imagen arquetípica perfecta de lo que en realidad representaba el infierno para nuestros antepasados.

 

Según la tradición oral, esta matriz de fuego estaba conectada con la etxe vasca a través de galerías subterráneas que desembocaban en el fuego del hogar y permitían a las almas de los difuntos visitar por las noches a sus parientes “del otro lado”. Este precioso testimonio es sin duda una reminiscencia de la espiritualidad prehistórica que sobrevivió, sin aparentes fisuras, de la hoguera de la cueva a la cocina de la etxe.

"Los personajes a quienes se tributa el culto doméstico son las almas de antepasados. Estas son concebidas como luces y como ráfagas o golpes (indar) de viento. Pero en algunos sitios, principalmente en Vizcaya, se las considera como sombras. A esta última concepción responde su nombre gerixeti, usado en aquella región. Erio, que es el personaje que representa la muerte, las separa de los cuerpos. Desde aquel momento su mansión ordinaria son las regiones subterráneas, según lo sugieren los relatos populares más viejos. Regresan, sin embargo, frecuentemente a la superficie durante la noche, sobre todo a su Etxe, a ayudar a sus familiares vivos, a consumir las ofrendas, a divertirse en sus hogares respectivos y a poner en regla cuentas que, al morir, dejaron pendientes. A estas almas de antepasados que, según se supone, visitan su antiguo hogar, las llaman autzek en Cenarruza. También llaman así a los genios «familiares». Los caminos de las almas, si nos atenemos a algunas leyendas, son ciertas galerías misteriosas que ponen en comunicación cada hogar con el mundo subterráneo. Ciertas simas y cavernas del país son tenidas como conductos por donde circulan las almas. Se refieren leyendas, según las cuales, tales conductos desembocan en hogares o cocinas, sobre todo en los de las casas más antiguas que se hallan en comunicación con antros y cuevas frecuentadas por almas y espíritus.

 

Cuando las almas salen a la superficie a hacer alguna petición o reclamación, se dan a conocer apareciendo en forma de luz, de nube, de sombra, de bulto negro o por medio de ruidos extraños. Al alma que así se aparece se la llama Argi "luz" en Laburd y Navarra, Heotsegile "tonante" en Soule, izuargi "luz sagrada" en Atáun, y Gerixeti en varías localidades de Vizcaya. Hay sitios en que las llaman Arimaerratu "alma errante". Los datos y consideraciones precedentes nos demuestran que entre las preocupaciones tradicionales de los vascos, la de las almas de antepasados ha tenido rango especial.” J.M. de Barandiaran. Mitología vasca

 

Por tanto, parece una hipotesis bastante plausible el que efectivamente como afirman algunos autores (Ortiz-Osés, Charpentier,...) la etxe representa un continuum cultural con la caverna en cuanto a su concepción de templo-utero en conexión con el inframundo, con el mundo espiritual en dónde viven los ancestros. En este sentido, han tenido que pasar más de 150 años de investigaciones sobre el Paleolítico Superior para que se empiece a admitir de manera generalizada que la cueva, además de hogar y refugio, era un santuario cuyas especiales características (profundidad, oscuridad, silencio,..) facilitaban el acceso al Mundo espiritual a través de estados de consciencia chamánicos (sorgin, azti). Ese es el significado que se esconde tras el mito de la cueva  como entrada primordial al útero de la Madre Tierra . Y quizás por eso, en la mitología vasca, Mari hila preferentemente en la entrada de las cavernas. Por qué representan una frontera simbólica entre el Mundo Físico y el Mundo Espiritual, y Mari se vale de su hilo dorado para mantener unidas estas dos realidades paralelas que forman parte de su ser.

 

 

El dolmen. Una entrada al Mundo Subterráneo

Pero además de la cueva y la etxe, existe un tercer espacio sagrado que según las tradiciones arcaicas también está conectado con el Mundo Subterráneo: nos referimos al dolmen. Las culturas preindoeuropeas del Neolítico, recrearon el espacio sagrado de la cueva mediante construcciones megalíticas que imitaban la forma del útero (dolmen de corredor) con largos pasillos que desembocaban en una gran cámara, y en la que frecuentemente grababan espirales, meandros o formas laberínticas en clara alusión al inframundo.

 

La tradición oral vasca cuenta que los dólmenes, al igual que otros monumentos megalíticos, fueron construidos por una cultura humana anterior a la nuestra, dotada de extraordinaria fuerza y sabiduría: los mairu. Podríamos decir que los mairu representan el arquetipo del ancestro primigenio (Maior en latín), conocedor de los secretos de las artes y los oficios, y que también es llamado gentil en el sentido bíblico de no evangelizado, de pagano. Así, como afirma simbólicamente la tradición oral vasca, fue el sonido de las campanas de las ermitas lo que expulsó a los gentiles de la tierra que hasta entonces habitaban.

 

Dolmen de Jentillarri (Aralar). Según la tradición oral vasca, fue el lugar por el que los últimos gentiles (mairus) regresaron al Mundo Subterraneo en espera de un nuevo renacer.
Dolmen de Jentillarri (Aralar). Según la tradición oral vasca, fue el lugar por el que los últimos gentiles (mairus) regresaron al Mundo Subterraneo en espera de un nuevo renacer.

Este mito nos puede ayudar a interpretar el significado de multitud de topónimos con la palabra moro o mora asociados a megalitos, cuevas y restos arqueológicos prehistóricos que encontramos a lo largo y ancho de la Península Ibérica. Así, entre decenas de ejemplos, podríamos citar el Castro de la Peña del Moro en Cataluña, de la Edad del Hierro; el Dolmen de la cueva de la Mora en Huelva, de época calcolítica o el Dolmen de Pedra Moura, en Galicia, también del Calcolítico. En Aragón, a los moros se les identifica con una raza humana muy antigua, de gran estatura y fuerza, que construyeron los menhires y dólmenes pirenaicos y lo mismo dicen en Asturias de los morus.

Dolmen de Gaxteenia (Mendibe), tambien conocido como "Mairi-etxe" (Casa de Mairi).
Dolmen de Gaxteenia (Mendibe), tambien conocido como "Mairi-etxe" (Casa de Mairi).

 

Pero además de en la toponimia y en la mitología, existe otro nexo cultural entre los distintos pueblos peninsulares sobre el mito de los moros. Se trata de una leyenda que se repite de forma asombrosamente similar en lugares geográficos muy distantes y que tiene como protagonista a una mora hilandera constructora de dólmenes.

 

Así nos encontramos con que en tierras vascas, al norte de los Pirineos, una mairi levantó los dólmenes de Mendibe y Armiaga. La leyenda cuenta que transportó las enormes rocas sobre su cabeza desde una montaña cercana, al mismo tiempo que mantenía sus manos ocupadas en hilar. Similar explicación dan al otro lado de los Pirineos, en Huesca, para el Dolmen de la Losa Mora, de 4.000 años de antigüedad: fue construido por una mora que transportó las piedras sobre su cabeza a la par que hilaba ayudada por su rueca. Idéntico relato encontramos en Extremadura para el Dolmen del Cravilejo, en León para la gran piedra de Peña La Mora, o en Galicia y Portugal para numerosos dólmenes que según la tradición oral fueron construidos por mouras hilanderas; y lo mismo podríamos decir de otros muchos megalitos peninsulares... e incluso de la Europa Atlántica.

 

Amama vasca hilando lino con la ayuda de su rueca. La humanidad lleva trabajando esta fibra vegetal desde hace al menos 10.000 años.
Amama vasca hilando lino con la ayuda de su rueca. La humanidad lleva trabajando esta fibra vegetal desde hace al menos 10.000 años.

No cabe duda de que el mito de la mairu hilandera constructora de dólmenes está relacionado con el mito de Mari hilando en sus refugios rocosos. En este sentido, tanto la etimología de Mari como la de Mairu, parecen estar vinculadas con el hilado: hari (hilo) e iru (tres), y de este ultimo término deriva irun (hilar),  pues el trenzado más sencillo se realiza a partir de tres hilos.

 

Como hemos dicho antes, este hilo dorado une a través de la cueva (y el interior del dolmen es simbólica y  geobiólogicamente similar a una cueva/útero), el mundo de los vivos con el de los muertos, con el de los ancestros. Es una "puerta" hacia el mundo de nuestros ancestros, allí dónde se encuentran lo de  nuestro linaje, cuya etimología deriva de línea que significa hilo de lino.

 

Podemos suponer entonces que los dólmenes, como las cuevas, son lugares dónde uno puede acceder al Mundo Subterráneo, allá dónde moran los ancestros. Un ejemplo lo encontramos en Galicia, en el megalito de Porta do Alen que significa puerta al mas allá, dónde la tradición oral dice que el Día de los Difuntos (Samaín en la cultura gallega), entrando a su interior y depositando una ofrenda, uno puede comunicarse con los familiares muertos, cuyas palabras vienen en el viento que se bate entre las piedras.

 

"Argizaiola". Objeto ceremonial vasco antropomorfo que se coloca sobre la tumba familiar (yarleku) para comunicarse con los ancestros. La vela, a modo de cordón umbilical (ARI-MA) de la figura antropomorfa, evoca el hilo dorado (de Mari) que une el mundo de los vivos con el de los muertos a través del fuego (de la vela, del hogar, de la hoguera,...). Un rito animista sincretizado por el cristianismo y cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos...

 

Podríamos decir por tanto que el simbolismo  arquetipico del hilado en la cosmovisión ancestral vasca (al igual que en otras cosmovisiones arcaicas) está en el representar la conexión entre el mundo de los vivos y el de los antepasados (mairu). Y para entenderlo mejor podemos tomar como ejemplo un mito de la cultura maya bastante explícito al respecto y según el cual la placenta de la Gran Diosa Ixchel es descrita como una tela de araña, de cuyo centro (ombligo) cuelga un hilo que representa el gran cordón umbilical que une a Ixchel con todos los seres vivos en un único y excepcional tejido, el Tejido Sagrado de la Vida.

 

“Mari, la diosa ancestral, suele llevar cautiva a una jovencita y la retiene por un tiempo en su cueva, enseñándole a hilar y desvelándole ciertos secretos. Nos hallamos frente al arquetípico esquema de la iniciación femenina, con la reclusión de la novicia en un lugar donde no ha de ver el Sol y en conexión, por tanto, con el simbolismo de la Luna como artesana del tiempo y tejedora de la existencia, concebida ésta a modo de laberinto, como un intrincado cruce de caminos (posibilidades de ser) sobre el que se cierne el destino. No en vano la tela de araña, imagen perfecta de este concepto, se llama en euskera amama sare , es decir, red de la abuela ( o lo que es lo mismo, red de los ancestros femeninos).” Txema Hornilla, “Zamaltzain el chaman y los magos del carnaval vasco”

 

 

Las sacerdotisas de Mari (Sorginak):

 

Aunque sorgin puede ser tanto un hombre como una mujer, han sido estas últimas las que tradicionalmente han desempeñado este rol espiritual en las comunidades vascas. Las sorginak, esto es las brujas vascas, ocupaban (y ocupan) un papel análogo al de otras chamanas indígenas de distintas latitudes. Ellas eran las que conocían los secretos de la procreación y el nacimiento y, por tanto, hacían las labores de parteras y matronas. Igualmente conocían los secretos de las plantas y sus usos medicinales, por lo que también desempeñaban el papel de curanderas. También debido a su conexión con el mundo espiritual hacían las veces de consejeras, oráculos y sacerdotisas. Hasta nuestros días ha sobrevivido, gracias a la tradición oral, una breve invocación atribuida a las sorginak de Zugarramurdi:

 

Oh izpiritua,

Zuk biziaren sekretuak dakizuna, erakuts nazazu egiaren bideak.

Utz nazazu nire aintzindakoen su inguruan dantzatzen.

Erakuts nazazu haizea bezain aske izaten

zapalatza  bezain indartsu

eta natura bezain jakintsu

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Oh Espíritu,

Tu que conoces los secretos de la vida, muestrame los caminos de la verdad.

Permíteme danzar junto al fuego de mis antepasados,

Enseñame a ser libre como el aire,

poderosa como el aguila

y sabia como la naturaleza.

 
El papel relevante de las sorginak en la cultura tradicional vasca queda atestiguado por multitud de topónimos que han llegado hasta nuestros díashasta nuestros días. Asi, entre muchos, J.M. de Barandiaran recopiló:

"Sorginiturri «fuente de sorgin», en Goldaratz y en Atáun. Sorginerreka «río de sorgin» en Motriku, Sorginkoba «cueva de sorgin» en Anboto, Sorginzulo «sima de sorgin» en Morga, Sorginzulo «sima de sorgin» en Zegama y Ataun, Sorgintxulo «pequeña sima de sorgin» en Hernani, Sorginziolak «cavernas de sorgin» en Askain, Sorgingaztañeta «castañal de sorgin» en Ispáster, Sorginetxe «casa de sorgin» que es un dolmen de Arritzala, Sorginenleze «caverna de sorginas» en Zugarramurdi, Sorginzuloeta «sitio de la sima de sorgin» en Ataun, Sorgin-pelota «juego de pelota de sorgin» en Atáun,..."

 

Son de sobra conocidas las ceremonias sagradas de fertilidad y fecundidad que celebraban las sorginak, que popularmente se han conocido como Akelarres y que fueron una de las causas de la persecución brutal y sanguinaria que sufrieron por parte de la Iglesia. En algunas de estas ceremonias, y como siguen haciendo muchos chamanes indígenas de culturas de todos los continentes, las sorginak se servían de plantas con poderes psicoactivos para acceder a la dimensión espiritual. Este ungüento, formado por la combinación alquímica de varias plantas diferentes y que las sorginak se untaban en su cuerpo, recibía el nombre de gantzugailu. Cuentan que las palabras sagradas con las que accedían al vuelo chamánico que las desplazaba espacio-temporalmente eran: sasi guztien gañeti eta odei guztien aizpiti (“por encima de todas las zarzas y por debajo de todas las nubes”).

El investigador J.M de Barandiaran recopiló muchos de los lugares dónde tenían lugar estas ceremonias, lo que da una idea de lo comunes que fueron entre la sociedad rural vasca:

“Akelarre en Zugarramurdi, Fikozelai en Sara, Artegaña de Alzay, Petiriberro en Aezcoa, Larrune sobre AsKain, Jaizkibel e Irantzi en Oiartzun, Pullegi y Mairubatza (crómlech) de Ameztoia, cromlech de Oiartzun, Berno y de Atáun-Burunda, Arleze (cueva de la sierra de Andía), Mugarri de Placencia, Etxebartxuko-landa de Murueta, Eperlanda de Múxica, Akerlanda de Gautéguiz de Arteaga, Askondo (cueva de Mañaria), Akelarre de Saibei, Petralanda de Lamindano (Dima), Amétzola cerca de Olaeta, Garaigorta de Orozko, Abadelaueta de Etxaguen , Mariturri de Orenin, Urkiza cerca de Peñacerrada, etc, etc, etc,…”

 

No vamos a extendernos sobre las características de estos ritos. Simplemente, al igual que en otras partes de Europa, en el País Vasco perduraron distintas ceremonias y reuniones, unas más sagradas que otras, a las que acudían desde un numero reducido de participantes (sorginak) hasta otras en las que tomaba parte toda la comarca. Estos encuentros relacionados con las cosmovisiones animistas propias de todo pueblo indígena, eran la antitesis de los cultos tristes, grises y culpabilizantes que quería imponer la Santa Iglesia. La alegría y el goce, características intrínsecas a la vida con mayúsculas, formaban parte de muchas de estas celebraciones y esto fue algo que las mentes inquisidoras pusieron mucho empeño en destruir. Así lo resume Josu Naberan.

 

“Y en aquella religión natural vasca, una de cuyas imágenes centrales era la Dama o Señora (Mari), eran fundamentales los ritos de regeneración y fecundación, pudiendo ser el Akelarre, en algún tiempo, uno de esos ritos. Eso puede explicar la importancia del macho cabrío (Aker) y del sapo, símbolos de la fertilidad y de la fecundidad respectivamente. Todo lo cual ponía en entredicho el modelo de familia androcrática (basado en el pater familias) heredado por la Iglesia de los romanos. Y eso no se podía tolerar." Josu Naberan, “La vuelta de Sugaar”

 

 

Matriarcalismo Vs Patriarcalismo

(...en la cultura vasca)

 

A continuación recopilamos un extracto del libro de Josetxo Beriain "La identidentidad colectiva: vascos y navarros."

 

“(...) Ahora bien, junto al arquetipo tradicional de lo matriarcal-femenino aparece de modo reactivo en la cultura vasca el otro polo: el arquetipo patriarcal-masculino simbolizado por el “fuertismo” vasco y representado por el chicarrón de hercúlea fuerza y vigor (indar), o sea, el aspecto viriloide y masculinista del “morrosko” tradicional. Podemos simbolizar el aspecto matriarcal-femenino por la tierra y la luna, así como el aspecto patriarcal-masculino por el sol y el cielo: mientras que el primer aspecto encuentra en Mari su correlato simbólico, el segundo aspecto lo encuentra en el tardío y solitario “Jaungoikoa” elevado a los cielos.

 

Creo que ese dualismo típico de nuestra tradición mental vasca ha influenciado decisivamente la ambigüedad de la mentalidad vasca hasta nuestros días, cuando el nacionalismo vasco recupera por una parte el mito matriarcal igualitario en clave comunitarista o comunista pero, por otra parte, politizándolo y tratando de imponerlo sea pacífica sea violentamente. De este modo se recoge el tema matriarcalista vasco de la tradición comunal, pero con un tratamiento patriarcal-masculino de tono agresivo o aguerrido: se daría aquí un proceso de estatalización en el que se pasa de la nación común como matria o ámbito de estancia (telúrica, inmanente, vital) al de estado propio como patria o ámbito de instancia (celeste, trascendente, jurídica). A este respecto resulta significativa la reinterpretación nacionalista de lo vasco como proveniente ya no de abajo sino de arriba: vasco provendría de “euzko”, que ya no significa la tierra lunar sino el cielo solar (eguzko). En este mismo contexto ideológico patriarcal se situaría la posición de Sabino Arana, cuando redefine el vasco como prototípicamente viril o masculino frente al “maketo” feminizado y devaluado.

 

Y bien, se trataría de (re)mediar esta ambigüedad de la tradición vasca, elevada a sistema por el nacionalismo vasco dualizado entre la tierra madre y el cielo paterno, la nación y el estado, la realidad viva y la abstracción política. Pero una auténtica (re)mediación de esta ambivalencia sólo es posible/plausible desde una reculturización de nuestra vida excesivamente politizada (partidístamente). Claro está que este remedio no resulta nada fácil por dos extremos: en primer lugar, porque el “nacionalismo vasco” ha violentado la propia tradición simbólica matriarcal vasca al patriarcalizarla según lo apuntado; y en segundo lugar, porque el “antinacionalismo español” nunca ha tratado de entender la interesante e intrigante mitología religiosa vasca, antes bien, la deniega, escamotea y ridiculiza desde su desierto o deserción cultural, provocando así la reactividad vasca.

 

Hago pues dos propuestas claras, concretas y razonables: primera, recuperar la mitología y cultura vasca como tal mitología cultural y no político-militarmente; segunda, despolitizar nuestra vida cotidiana evitando manipular ideológicamente nuestra historia simbólica. Estas dos máximas se resumen en una: despolitizar nuestra vida empequeñecida para poder reculturizarla, abriéndola pacíficamente hacia dentro y hacia afuera.

 

Ahora bien, la cuestión abierta es la siguiente: culturalmente el País Vasco es una “matria” (“amerri”), pero el nacionalismo de Sabino Arana lo convierte en “patria” (“aberri”): entonces el “matriota” cultural (“amertzale”) se transmuta en “patriota” (“abertzale”), un paso crítico como lo demuestra la actual sociedad vasca (y navarra).”Josetxo Beriain, “La identidad colectiva: Vascos y Navarros”

 

1) Cuadro comparativo de Andrés Ortiz Osés

 

 

 

2) Cuadro comparativo de Txema Hornilla