8. LAS INVASIONES SEMITAS (Oriente próximo)


Los pueblos semitas (acadios, asirios, hicsos, y hebreos), cuyo origen primigenio está en el desierto arábigo, pueden considerarse como el segundo foco mundial de dónde surgieron los pueblos patriarcales primitivos y cuya cosmovisión da origen al pensamiento antropocéntrico que se ha impuesto hoy en día en la humanidad. Los paralelismos con los indoeuropeos son increíbles: son pastores nómadas (ovejas y cabras) que no practican la agricultura, en vez del caballo han domesticado al camello (con él pueden recorrer grandes distancias). Son patriarcales, jerárquicos, adoran a Dioses masculinos, etc.

 

“Los arios no fueron las únicas tribus que amenazaron la cultura de la Diosa. Hacia el oeste de Mesopotamia hay un vasto desierto que, por el norte, alcanza Siria y, por el sur, el extremo sur de Arabia. Fue esta región, tan radicalmente diferente de los valles fértiles del interior y de las tierras nutridas por grandes ríos, el lugar del que surgieron todas las tribus semíticas conocidas y mencionadas a lo largo de las edades del Bronce y el Hierro. Entre ellas se hallaban los acadios, que se establecieron en el norte de Sumer y que finalmente también se hicieron con el control de las ciudades del sur bajo se rey Sargón (2.300 a.c.); los amorreos babilónicos, cuyo rey Hammurabi (1800 a.c) es famoso por su código de leyes. Otro grupo de amorreos conquistó la ciudad de Jericó cerca de 1450 a.c., dejándola en ruinas; fueron luego sucedidos por los cananeos, pero sucumbieron ante los asirios (580 a.c.), que habían tomado Babilonia en el 1100 a.c., extendiendo su inmenso imperio sobre sus aterrorizados vecinos.

Pero, mucho antes de ser conocidos por sus nombre tribales, los semitas habían emigrado a Mesopotamia llevando con ellos sus rebaños de cabras y ovejas y conviviendo quizá, en tiempos anteriores, con sus habitantes de modo más pacífico que sus sucesores. Los dioses de los semitas habitaban en las nubes y sobre las cumbres de las montañas y arrojaban truenos, como los dioses de los arios. Más también poseían en gran medida el carácter de dioses tribales, protegiendo cada uno a un grupo tribal concreto y, más tarde, a una ciudad.
Ambos pueblos invasores introdujeron la idea de una oposición entre los poderes de la luz y de la oscuridad, imponiendo esta polaridad sobre la perspectiva más antigua en la que el Todo contenía a los dos, luz y oscuridad, en una relación siempre fluctuante. En senda mitologías hay evidencia de una desacralización de la naturaleza y de la vida humana, que contrasta de forma llamativa con la actitud del granjero neolítico, que vivía en estrecha proximidad con la tierra y las leyes rítmicas de la Diosa en tanto que inmanentes a toda forma de vida.” Anne Baring y Jules Cashford, “El mito de la diosa

“Entre la expansión de los pueblos indoeuropeos y la expansión de los pueblos semíticos hay notables analogías. Ambos grupos de pueblos fueron en su origen grupos nómadas y pastorales cuyo hábitat se hallaba en las lindes de los primeros focos de civilización; ambos emigraron recorriendo miles de kilómetros y conquistaron los grandes centros de las civilizaciones agrícolas y urbanizadas (en la Mesopotamia, las primeras oleadas semíticas sustituyeron a los sumerios); ambas irrumpieron en los escenarios del Asia menor y del Oriente Medio aproximadamente en el mismo período, durante el tercer milenio a. C. (los hititas indoeuropeos y los asirios semitas al parecer se encontraron en Kanes, en la Anatolia central, 1.900 años antes de Cristo). Pero, sobre todo, tanto los pueblos indoeuropeos como los pueblos semíticos tenían estructuras sociales rígidamente androcráticas. En sus ritos eran frecuentes las invocaciones a los dioses de la tribu, de la guerra y de la conquista. Muy similares fueron los conflictos sociales y espirituales que generó su encuentro/choque con las poblaciones (agrícolas y gilánicas) que vivían en Europa y el Oriente Medio en la época de sus invasiones. También la Mesopotamia conserva la memoria de un tiempo de paz y abundancia, bruscamente interrumpido; también los sumerios veneraban a una Diosa Creadora afín a la de sus vecinos, los elamitas. […] Los indoeuropeos no son parientes próximos de los semitas, como demuestra la lejanía de sus hábitats originarios. Sin embargo, las oposiciones «androcrático» versus «gilánico», «ganadero» versus «agricultor», «nómada» versus «urbano» definen una polarización fundamental entre indoeuropeos y semitas por un lado, y las poblaciones de la Europa neolítica, del Oriente Medio pre-semítico y de la India pre-aria por el otro.” James Mallory

Las invasiones semitas del país de Canaan (Palestina, Siria, jordania y Líbano) aparecen descritas en el Antiguo testamento y representan un testimonio de la forma de concebir el mundo de aquellos primeros pueblos patriarcales:

“Independientemente de que el libro de Josué describa o no, con su fiero tribalismo, lo que realmente sucedió cuando los hebreos penetraron en Canaán, sin duda refleja los valores de los hebreos que lo escribieron. La moralidad de Yahvé se hace más comprensible cuando sus mandamientos no se consideran revelaciones divinas, sino revelaciones de los valores de la Edad del hierro y de las costumbres patriarcales reflejadas en el comportamiento de reyes, sacerdotes y profetas. Jehu, por ejemplo, fue alabado por Yahvé por haber asesinado al resto de la casa del anterior Rey Ajab, y por limpiar a Israel de todos los sacerdotes de Baal; los invitó a celebrar sus ritos en un  templo y después ordeno su masacre (2 R 10, 30). Elías (c. 860 a.c) supervisó el asesinato de 450 sacerdotes de Baal: Echad mano a los profetas de Baal, que no escape ni uno de ellos. Les echaron mano y Elías los hizo bajar al torrente de Quisón, y ahí los degolló. (1 R 18, 40).

Episodios como éste se usaban, consciente o inconscientemente, para justificar la brutalidad de guerras libradas contra un enemigo maligno. No es sorprendente que este modelo de conducta haya tenido una gran influencia en el cristianismo y el islam, que consideran el Antiguo Testamento como revelación divina. Siempre que una doctrina no estuviera de acuerdo con la ley de Dios, sus defensores podían ser perseguidos. Aparentemente los sacerdotes levitas se eximían a sí mismos del mandamiento de Dios no matarás, como más tarde lo haría el sacerdocio cristiano e islámico. La ley de la sacralidad de la vida no se observaba cuando se trataba de una cuestión de infracción de la doctrina religiosa, o de la amenaza de un enemigo tribal. Nuevos tipos de sacrificio ritual en los que el asesinato estaba justificado, tales como la crucifixión o la lapidación de profetas o la tortura y quema de herejes, aparecieron dondequiera que estos valores fueron desafiados. La idea de la guerra santa librada en nombre de yahvé contra los no creyentes y los malvados ha perdurado a lo largo de los años hasta llegar a las cruzadas cristianas y la persecución de herejes, brujas y enemigos de Dios. Anne Baring y Jules Cashford, “El mito de la diosa”

Para hacernos una idea más aproximada de las invasiones semitas de Canaan tomemos un fragmento del Antiguo Testamento:

Habló Yahvé a Moises: Destruiréis todas sus imágenes pintadas, destruiréis sus estatuas de fundición, demoleréis todos sus altos. Os apoderareis de la tierra y habitareis en ella, pues os doy a vosotros todo el país en propiedad. Di a los israelitas: Cuando paséis el Jordan hacia el país de Canaan, arrojareis a vuestra llegada a todos los habitantes del país.