7. LAS INVASIONES INDOEUROPEAS EN ASIA


 

a) Oriente próximo:

En este territorio, una misma cosmovisión en torno a la figura central de una Diosa Madre como personificación de la naturaleza, presidía el panteón de Sumeria (Innana), de Anatolia (Cibeles) y de Canaan (Aserá). El arte simbólico de estas culturas puede considerarse como análogo al de la vieja Europa y además, las mujeres también tenían un destacado papel espiritual como prueban las famosas sacerdotisas sumerias cuyos conocimientos astronómicos han llegado hasta nuestros días. Sin embargo, y al igual que ocurriera en la vecina Europa, estas culturas primigenias comenzaron a ser acosadas por los pueblos indoeuropeos.  

“Desde el cuarto milenio a.c. en adelante, las tribus indoeuropeas se adentraron mediante la fuerza, y  cada vez en mayor número, en Mesopotamia, Anatolia y las tierras que se prolongan hacia el este, hasta el valle del Indo. […] Dondequiera que penetrasen se establecían como la casta dominante, y su aparición queda marcada por la estela de devastación que van dejando a su paso: sólo en Anatolia se saquearon y quemaron unas 300 ciudades, Troya entre ellas (2.300 a.c.), y el mismo sistema se repitió desde Grecia hasta el valle del Indo. […] El eco de la mitología de la guerra, que escuchamos en el Mahabharata, en la Ilíada, y en el Antiguo Testamento, proviene de esas migraciones de la Edad del Bronce.

 

[…] Los arios eran predominantemente una sociedad de luchadores. Según Campbell: eran polígamos, patriarcales, orgullosos de sus genealogías, sucios, duros y habitaban en tiendas. Apacentaban ganado, cabalgaban sobre caballos y, en torno al 2.000-1750 a.c., inventaron la rueda de radios y los carros ligeros. Enterraban a sus líderes tribales bajo un montículo junto con sus ayudantes y caballos, sacrificados, como los Kurganes habían hecho antes que ellos. Rendían culto a los dioses del cielo, particularmente a los dioses del relámpago, de la tormenta, del viento, del sol y del fuego. […]   Un escribá sumerio, alrededor del 2.100 a.c., podría estar describiéndolos al mencionar la devastación efectuada por una hueste cuya arremetida era como un huracan, un pueblo que jamás había conocido una ciudad. La vista de estos hombres unidos a sus caballos debió de haber aterrorizado a la gente sobre la que se lanzaban, dando lugar tal vez a la imagen del centauro u hombre a caballo

[…] La época que los libros de historia de principios de este siglo solían designar admirativamente como Gran Era de los imperios babilónico y asirio  estuvo marcada por la más bárbara de las crueldades: cuerpos desollados vivos, ojos arrancados y miembros amputados, miles de prisioneros enemigos asesinados, […] Esto creó, más que ninguna otra cosa, una compulsión hacia la agresión. La mayoría de los hombres tenían que ser guerreros. Defendían la comunidad, vengaban a los muertos, honraban su apellido. El rey en particular tenía que ser un guerrero poderoso, como David. En honor a éste los guerreros danzaban y entonaban cánticos, que decían: Saúl mató a millares y David sus miríadas. […] La crueldad se convirtió en virtud y la barbarie en modo de vida. La guerra se consideraba natural y justa, camino digno de monarcas que un hombre debía seguir si quería servir a sus dioses, a su rey y a su país. El ideal de conquista forjó los lazos de una conciencia tribal, llegando a impregnar el arte; éste se hizo eco de reflexiones que eran, por lo demás, universales, como puede verse en las aparentemente interminables filas de guerreros idénticos tallados en tablillas asirias que se dedicaban a la destrucción.” Anne Baring y Jules Cashford, “El mito de la diosa”

 

Como testimonio de la barbarie esto es lo que dijo Senaquerib, Rey de Asiria (704-681 a.c.) al conquistar babilonia. :


“No dejé a uno solo, joven o viejo. Con sus cadáveres llené las anchas calles de la ciudad […] Los bienes de esa ciudad, plata, oro, piedras preciosas, efectos personales, pertenencias, los consideré el botín de mi pueblo, que como suyos los tomaron. Los dioses que moran en su seno fueron apresados y aplastados por las manos de mi pueblo, que se llevo sus efectos y pertenencias.”


Un nuevo dios legitimaba la barbarie, era Erra, el dios asirio de la muerte. Este es un extracto de un poema épico sobre este sanguinario Dios: 

 

¡No respetes a ningún dios! ¡No temas a ningún hombre!
Da muerte tanto a jóvenes como a viejos,
al lactante y al bebe, ¡no dejes a ninguno!

 

Y esto es lo que decía el nieto del rey Senaquerib, Asurbanipal (668-626 a.c.): 

 

“Entonces yo, como ofrenda para Senaquerib, aré viva a esta gente. Su carne di de comer a los perros, los cerdos, los buitres, las águilas; […] Tome los cadáveres de la gente a la que Erra había derribado y aquellos cuyas vidas habían sido abatidas por el hambre y la hambruna […] aquellos huesos yo saqué de babilonia, Kuta y Sippar y los arrojé en montones.”

 

 

b) Valle del Indo:

El pueblo drávida,  desarrolló en el valle del Indo y zonas adyacentes del Noroeste del Indostán una civilización neolítica que alcanzó un altísimo grado de desarrollo, del cual dan testimonio las excavaciones arqueológicas en las ciudades de Harappa (actual provincia de Punjab) y Mohenjo-Daro (provincia de Sindh). La arquitectura y la planificación urbana de estas ciudades era verdaderamente asombrosa para su época, y, de hecho, la segunda poseyó un sistema de acueductos y cañerías al que, al decir de los arqueólogos, tendrían mucho que envidiar las ciudades occidentales de la actualidad. De nuevo nos encontramos con que el arte simbólico es muy parecido al de la Vieja Europa y de nuevo nos encontramos a pueblos indoeuropeos (arios) que comienzan a invadir las pacificas poblaciones agrícolas del Valle del Indo dando origen a la famosa sociedad de castas hindú.

 

 

 “En el que fuera quizás el momento más importante (y quizás el más nefasto) del desarrollo de la India, los relativamente pacíficos y sumamente sofisticados dravidianos (junto con otros de los pueblos que habitaban el Indostán) fueron invadidos y conquistados por los belicosos y rústicos indoeuropeos. Triste como pudo haber sido este evento, fue como resultado de la interacción entre los brillantes conquistados y los bárbaros conquistadores que surgió la síntesis cultural que durante los últimos milenios ha constituido la civilización de la India.

 

 “En el que fuera quizás el momento más importante (y quizás el más nefasto) del desarrollo de la India, los relativamente pacíficos y sumamente sofisticados dravidianos (junto con otros de los pueblos que habitaban el Indostán) fueron invadidos y conquistados por los belicosos y rústicos indoeuropeos. Triste como pudo haber sido este evento, fue como resultado de la interacción entre los brillantes conquistados y los bárbaros conquistadores que surgió la síntesis cultural que durante los últimos milenios ha constituido la civilización de la India.

[…] El sistema de castas surgió de la necesidad que sentían los indoeuropeos de mantener los privilegios que la conquista de los pre-indoeuropeos les había proporcionado. La casta suprema, que se llamó brahmana y adquirió funciones sacerdotales, agrupó a quienes tenían una mayor proporción de sangre indoeuropea, lo cual fue justificado en el Rigveda (X. 90) diciendo que ellos surgieron de la boca de Purusha, el alma universal. La casta inmediatamente inferior, que se llamó kshatriya y se transformó en la nobleza a cargo de las funciones de Estado y de guerra, agrupó a quienes tenían una proporción un poco menor de sangre indoeuropea, y la mitología del Rigveda justificó sus privilegios afirmando que los mismos habían surgido de los brazos de Purusha. La casta vaishya, de los artesanos y comerciantes, agrupó a quienes tenían todavía más sangre pre-indoeuropea, los cuales según el mito habrían surgido de los muslos de Purusha, mientras que la casta shudra, de los sirvientes y agricultores, comprendió a quienes tenían una cantidad todavía mayor de sangre pre-indoeuropea, que habrían surgido de los pies del alma universal. A quienes no tenían nada de sangre indoeuropea se los declaró intocables, ya que, no habiendo surgido de la división del alma universal, no poseían el principio divino que hacía posible la plena práctica de la religión, y el más mínimo contacto con ellos haría que cualquier hindú perdiese su casta” Elias carriles


Los Pueblos drávidas tenían una organización social matrifocal. Eran llamados por los arios “pueblos de la tierra y de la serpiente”. Los arios se llamaban a si mismos “pueblo del cielo”. Según mitología india el dios del cielo Indra decapito a la diosa dravida Danu. Y el hijo de Indra, el dios Vrta decapito a las dos serpientes creadoras del pueblo dravida. Desde entonces, la población indígena son la casta más inferior: “los intocables”



«El Rig veda, precioso testimonio de aquellos tiempos, habla de las victorias que los arios (indoeuropeos) del color del trigo consiguieron sobre las gentes de piel oscura. Ese giro se produjo hace más de tres mil años, después del 1.500 a.J.C. Sin embargo, todavía impregna la civilización india contemporánea. Ha generado el sistema de las castas, que ha regulado y aún regula la vida de las sociedades hindúes. Ha producido la principal división lingüística del subcontinente, que opone a las lenguas indoeuropeas, que prevalecen en la India septentrional, las lenguas dravídicas, que prevalecen en la India meridional. Sus efectos todavía están presentes en los rasgos característicos de la religión india.” Ceruti y Bochi

“La religión Védica aparece vinculada al resultado cultural de las invasiones nómadas de origen indoeuropeo en su cruce con la civilización del Valle Indo. Se trata de una conjunción de elementos autóctonos, indoeuropeos y originales de la hibridación. Los Vedas o saberes son una recopilación de himnos de fechas muy variadas y adjudicados a distintos autores, que resumen un proceso centenario hilvanado a través de revelaciones (sruti en sánscrito). Las divinidades védicas continúan con la predominancia masculina característica del panteón religioso ario […] La primacía de Indra, como guerrero, marca a nivel superestructural su analogía con la casta guerrera (ksatriya) en el sistema social de la época." Ismael Apud y Mauro Clara

El Rig Veda, por tanto, recoge el testimonio de todo aquel proceso histórico. Un extracto de sus himnos reza:

 

Como una nube tormentosa,


el héroe armado irrumpe en la vorágine de la batalla.


¡Gloria a ti y cuerpo ileso!


¡Protéjate la recia armadura!


Con nuestro arco queremos conseguir rebaños.


Con nuestro arco ganaremos batalla tras batalla.


Con nuestro arco, terror del enemigo,


confiamos adueñarnos de las tierras.