I. LA VIEJA EUROPA Y LA COSMOVISIÓN PREINDOEUROPEA

                                                           

“Su cultura parece haber sido básicamente igualitaria, pacífica, prospera y jovial. Sus ciudades carecían de muros defensivos, y en su arte no se aprecian escenas de violencia (...) Asoma una cultura basada en la celebración de la vida. No hay hordas ni estados, sino poblaciones autónomas de varios miles de habitantes; se conoce la metalurgia, pero no se aplica para fabricar armas. (...) Su culto esta guiado por mujeres y la descendencia pasa por línea femenina, pero no hay dominio sobre los hombres sino igualdad entre los sexos.”
Nikolas Platón

 

 

    Existe una forma de comprender y sentir el mundo, una cosmovisión originaria común a todas las culturas indígenas del planeta, según la cual la naturaleza es entendida como un Todo, como una unidad orgánica, sagrada y viva. Ese Todo ha sido tradicionalmente interpretado por dichas cosmovisiones arcaicas como una Gran Madre, puesto que las mujeres, al igual que la propia naturaleza, también son capaces de generar en su propio seno el milagro de la vida. De ahí que desde el principio de los tiempos todos los pueblos de la tierra nos hallamos referido a ella como Madre naturaleza o Madre Tierra.

 

    En esta cosmovisión originaria, y a diferencia de la concepción exclusivamente materialista que tienen las ciencias biológicas modernas, la naturaleza es concebida como una simbiosis sagrada entre el mundo material y el mundo espiritual. Esta premisa es indispensable para comprender la realidad cultural indígena, cuyos ritos y ceremonias siempre tienen como fin último, armonizar la relación existente entre estos dos mundos paralelos para que el equilibrio sagrado de la vida no se rompa.

 

    En Europa, y a tenor de las evidencias del arte simbólico prehistórico, una cosmovisión en torno a la sacralidad de la naturaleza y sus ciclos también fue compartida y transmitida generación tras generación durante un inmenso periodo cultural de más de 35.000 años, desde los cazadores-recolectores paleolíticos hasta los agricultores preindoeuropeos del Neolítico. Dichos pueblos preindoeuropeos son un referente histórico fundamental para que los europeos nos reencontremos con las verdaderas raíces del árbol de nuestros antepasados, pero sin embargo, su existencia sigue siendo silenciada del relato oficial de la prehistoria.

 

    Así, nuestros libros de historia y manuales escolares deberían reflejar que mucho antes de que surgieran las civilizaciones griega o romana, ya existían en Europa culturas con un alto nivel de desarrollo pero que no necesitaban ni de ejércitos, ni de esclavos para sobrevivir. Aquellos primeros asentamientos agrícolas preindoeuropeos, algunos de hasta 20.000 habitantes, estaban ubicados en el centro de grandes valles abiertos, en lugares estratégicamente vulnerables, pero sin embargo carecían de muros defensivos y en los estratos arqueológicos no aparecen restos de guerras durante periodos de más de dos mil años ininterrumpidos. En su arte colorido y naturalista tampoco aparece ni un solo motivo militar y aunque conocían la metalurgia no la aplicaban para fabricar armas. Su organización social era matrifocal, sin ser esto indicativo de ningún tipo de dominio del género femenino sobre el masculino. Los restos arqueológicos muestran una sociedad que sin querer caer en la utopía, al menos podemos afirmar que, en una gran medida, tendía hacia la equidad social.

 

    El ocaso de este viejo mundo comenzó en Europa cuando aparecieron en escena los primeros pueblos militarizados indoeuropeos, quienes a lo largo de una transición de varios milenios consiguieron imponer una nueva forma de concebir el mundo que se prolonga hasta nuestros días a través de lo que hoy denominamos como “civilización occidental”. Estas culturas, origen de la mayor parte de lenguas que se hablan hoy en el continente europeo, eran sociedades fuertemente jerarquizadas que se expandieron a sangre y fuego por Europa y Oriente Próximo. Su organización social era patriarcal, gobernada por jefes guerreros que adoraban a Dioses celestes masculinos que blandían el hacha o la espada como símbolos divinos con los que imponer por la fuerza sus designios.

 

    A la expansión indoeuropea se le unió la de los pueblos semíticos en Oriente Próximo que crearon nuevas mitologías y religiones que otorgaban al ser humano el papel de dueño y señor de la naturaleza. Así por ejemplo, en el primer capítulo del Génesis, Dios se dirige a Moisés y le dice: Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra. Esta cosmovisión antropocéntrica y depredadora cristalizó en nuestro continente a través de la imposición del cristianismo romano y daría el salto hacia otras partes del planeta a través de los procesos coloniales que mostraron una crueldad inmisericorde sobre las poblaciones indígenas que aún conservaban la cosmovisión originaria humana. Finalmente y durante el último siglo, el modelo desarrollista de la llamada cultura occidental ha actuado como una gigantesca apisonadora sobre la naturaleza y las culturas humanas, dejando a nuestro planeta al borde del colapso. El asunto es serio: nos enfrentamos a nuestra propia supervivencia.

 

    A pesar de todo esto, todavía quedan en la actualidad culturas indígenas que mantienen la memoria de sus orígenes, que han logrado preservar su lengua y costumbres ancestrales, y que siguen realizando sus ritos y ceremonias sagradas para comunicarse con las fuerzas de la Tierra y el Cielo. Ellos representan el último y frágil hilo que nos mantiene unidos a la originaria naturaleza humana, por lo que su voz debería ser un referente obligado en estos tiempos de búsqueda de un nuevo caminar para los pueblos de la Tierra. En este sentido, además de su oposición frontal a la maquinaria de progreso occidental, dichas culturas indígenas comparten la idea, expresada en sus visiones pero también en distintos foros internacionales, de que es necesario un cambio de paradigma cultural que implique una vuelta a los valores sagrados de las cosmovisiones primitivas.

 

    Obviamente, este mensaje va dirigido especialmente hacia nosotros, los occidentales, quienes, según esta visión, debemos recuperar nuestras raíces culturales primigenias (indígenas) y, cuyo primer paso, bien podría pasar por recordar aquel inmenso periodo histórico de más de 30.000 años (del Paleolitico Superior al Neolítico) en el que la cosmovisión de los pueblos europeos aún estaba hermanada con el resto de culturas indígenas del planeta.