2. EL MITO DE LA GRAN DIOSA PREINDOEUROPEA

     “La Diosa, en el conjunto de sus manifestaciones, era un símbolo de la unidad vital de la naturaleza; su poder estaba en las aguas y en las piedras, en las tumbas y en las cuevas, en los animales terrestres y en las aves, en las serpientes y en los peces, en las colinas, en los árboles y en las flores; de ahí la percepción holística y mitopoética de la sacralidad y misticismo de todo cuanto existe en la tierra. […] En Europa, reinó durante el Paleolítico y el Neolítico y, en la Europa mediterránea, durante la mayor parte de la Edad del Bronce.”  Marija Gimbutas, “El lenguaje de la Diosa”


Estatuilla hallada en la isla de Creta (1.700 a.c.), dónde pervivió el mito de la Gran Diosa preindoeuropea hasta la Edad del Bronce.
Estatuilla hallada en la isla de Creta (1.700 a.c.), dónde pervivió el mito de la Gran Diosa preindoeuropea hasta la Edad del Bronce.

    Existe una forma de comprender y sentir el mundo, una cosmovisión originaria común a todas las culturas indígenas del planeta, según la cual la naturaleza es entendida como un Todo, como una unidad orgánica, sagrada y viva. Ese Todo ha sido tradicionalmente interpretado por una gran parte de dichas cosmovisiones arcaicas como una Gran Madre, puesto que las mujeres, al igual que la propia naturaleza, también son capaces de generar en su propio seno el milagro de la vida.

 

     Desde un punto de vista simbólico y arquetípico, esta Gran Madre de todas las cosas, al personificar la unidad que forman todos los seres y ciclos del cosmos, tenía la capacidad de engendrar vida a partir de si misma (partenogenésis), puesto que el principio masculino también formaba parte de su propio ser (del Todo). Con el paso del tiempo, este concepto de biunidad primordial que simbolizaba la Diosa, se fue transformando en dualidad, y sus atributos se fusionaron con la parte femenina de su ser (el principio receptivo terrestre). Así, hoy en dia, en los estudios de mitología, el simbolismo de la Gran Diosa y el de la Madre Tierra se solapan entre sí, aunque en esencia, en su origen, no son lo mismo. La primera es el Todo y la segunda, tan solo una parte de él.

 

     Del mismo modo, en esta cosmovisión originaria, y a diferencia de la concepción exclusivamente materialista que tienen las ciencias biológicas modernas, la naturaleza es concebida como una simbiosis sagrada entre el mundo material y el mundo espiritual. Esta premisa es indispensable para comprender la realidad cultural preindoeuropea y por extensión la de otras culturas indígenas arcaicas, cuyos ritos y ceremonias siempre tienen como fin último, armonizar la relación existente entre estos dos mundos paralelos para que el equilibrio sagrado de la vida no se rompa

 

    Hoy en día, existe más o menos acuerdo entre los investigadores en afirmar, que tal visión del universo fue plasmada por nuestros ancestros a través de una imagen simbólica que está presente sin excepción en el arte de todas las culturas neoliticas preindoeuropeas: las estatuillas femeninas. Solamente en yacimientos arqueológicos del mediterraneo y de Europa del Este se han catalogado más de 30.000 de estas figurillas que conocemos popularmente bajo el nombre de venus neolíticas. Una clave fundamental que nos ofrecen dichas imágenes sagradas femeninas sobre el conocimiento de nuestro pasado es que evidencian un continuum cultural con el arte simbólico de las culturas del Paleolítico Superior que las precedieron, es decir, que las primeras comunidades agrícolas preindoeuropeas heredaron la cosmovisión de sus ancestros cazadores-recolectores paleolíticos.  Así nos lo explica Marija Gimbutas:

Mano en negativo hallada en el asentamiento preindoeuropeo de Catal Huyuk en Anatolia (actual Turquía). Demuestra un continuum  simbolico con el arte del Paleolítico Superior.
Mano en negativo hallada en el asentamiento preindoeuropeo de Catal Huyuk en Anatolia (actual Turquía). Demuestra un continuum simbolico con el arte del Paleolítico Superior.

    “El análisis del imaginario mítico de la Vieja Europa ha reconstruido el eslabón entre la religión del Paleolítico Superior y el substrato preindoeuropeo de las culturas europeas […] La persistencia de la veneración a la Diosa durante más de veinte mil años, desde el Paleolítico Superior al Neolítico y más allá, se demuestra por la continuidad de una variedad de series de imágenes convencionalizadas. Los aspectos específicos de sus cualidades, tales como el de dar la vida, la fertilidad y el parir nuevas criaturas, es extraordinariamente persistente. […] En arte e imaginería míticos no es posible establecer un límite entre estos dos periodos, el Paleolítico y el Neolítico, de la misma manera que no es posible separar radicalmente plantas silvestres y cultivadas y animales salvajes y domésticos. La mayoría del simbolismo de los primeros agricultores fue tomada de los cazadores-recolectores.” ”. Marija Gimbutas, “Diosas y Dioses de la Antigua Europa”

 

    Así que para profundizar en el significado de dichas estatuillas neolíticas, vamos a remontarnos primeramente hasta los inicios del arte simbólico paleolítico. Comencemos.

 

    Podemos afirmar, que las hermanas mayores de las estatuillas neolíticas preindoeuropeas, las conocidas como venus paleolíticas,  tienen una trascendental importancia en la interpretación de nuestro pasado, no sólo porque constituyen la primera muestra de arte antropomorfo de la humanidad, sino porque evidencian que un mismo universo simbólico fue compartido durante un inmenso periodo histórico de más de 30.000 años (todo el Paleolítico Superior) y en un inmenso territorio que abarcaba todo el continente europeo, desde la Península Ibérica hasta Siberia.

Venus paleolítica de Grimaldi (22.000 a.c.).
Venus paleolítica de Grimaldi (22.000 a.c.).

    Dichas estatuillas son de pequeño tamaño y suelen caber en la palma de la mano, posiblemente para poder ser transportadas por aquellos pueblos nómadas como amuleto o talismán. Son representaciones de mujeres desnudas, sin rostro y sin pies. Esta última característica es interpretada por algunos investigadores como una forma de facilitar el ser clavadas sobre la tierra o en algún tipo de pedestal con algún fin ritual. Por otra parte, parece claro que no son representaciones realistas, sino que quieren expresar conceptos más profundos y se sirven del cuerpo de la mujer para expresarlos. Así, la mayor parte de ellas, contienen un patrón artístico similar centrado en la maternidad y la fecundidad: pechos enormes, caderas anchas y remarcado triángulo púbico.

 

    Todo esto parece indicar que nuestros ancestros del Paleolítico Superior, para explicarse a sí mismos y también poder transmitir a las siguientes generaciones, el milagro de la regeneración de la vida, crearon un lenguaje simbólico, un lenguaje arquetípico, mediante el cual la psique podía comprender o expresar ideas y conceptos por medio de imágenes que los representaban. Entre dichos arquetipos sagrados, el más antiguo y relevante fue el que representaba a la totalidad de la naturaleza a través de la imagen de una Gran Madre de la vida, la muerte la regeneración.

 

    Así nos lo resume Gimbutas: "Bajo apariencia antropomorfa, la Madre Tierra es una metáfora de la madre humana: Madre, yo provengo de ti, tú me sostienes, tú me alimentas y tú me llevarás tras la muerte; esta es una oración que aún se oye en algunos pueblos europeos.” Marija Gimbutas, “El lenguaje de la Diosa”

 

    Por su parte Josu Naberan nos cuenta:   Las culturas más antiguas de la humanidad llegaron a la conclusión de que la vida surgía, se perdía y volvía a aparecer en un ciclo incesante. Entendieron que todos los elementos componentes de la naturaleza sin excepción (plantas, árboles, rocas, montes, agua, viento, sol, luna, estrellas, mar...) eran seres vivientes como el ser humano mismo, puesto que todos esos elementos tomaban parte de igual manera en el ciclo de vida, muerte y regeneración. En el marco de este pensamiento animista, concluyeron que la naturaleza en su conjunto era una mujer/madre generadora de vida y crearon la gran metáfora que ha marcado el pensamiento del ser humano hasta nuestros días.

 

    (...) Así, durante los últimos cien años se han encontrado más de un millar de imágenes de mujeres de la época paleolítica entre grabados, relieves y esculturas. Estas imágenes se han hallado en una vasta zona que se extiende desde Aquitania hasta Siberia, muchas de ellas en las inmediaciones de los Pirineos, Francia, Alemania, República Checa, Eslovaquia o Ucrania. Pues bien, esta tradición tendrá continuidad en el Neolítico, habiéndose encontrado unas 30.000 imágenes (la mayoría de arcilla y de mármol) correspondientes al periodo 7.500-3.500 a/C encontradas en el Este de Europa, así como Menhires de figura femenina, pequeñas imágenes de mujer o pendientes, en el Mediterráneo Occidental y en las costas de la Europa Atlántica pertenecientes al periodo comprendido entre el 5.000 y el 2.000 a/C”. Josu Naberan, “La vuelta de Sugaar”

 

    Veamos a continuacion dos cuadros comparativos entre estatuillas del Paleolítico Superior y de las culturas neolíticas preindoeuropeas:

 

 

    Desde que hace más de un siglo comenzaran a desentarrase estas estatuillas prehistóricas, el debate sobre su significado y simbolismo se ha mantenido hasta nuestros días, insistiendo algunos investigadores en que no se tienen pruebas suficientes para afirmar que dichas imágenes expresen conceptos metafísicos o que pertenezcan a la esfera de lo sagrado. Sin embargo, si se admite la hipotesis del continuum cultural entre los dos periodos históricos, las estatuillas neolíticas no dejan duda al respecto, ya que muchas de ellas han sido halladas en el interior de templos, sobre altares o en diversos lugares de culto.

 

    La arqueóloga Marija Gimbutas, tras decadas de profundos estudios multidisciplinares, detalló sus conclusiones en su magnífico y controvertido libro El lenguaje de la Diosa.  Para ella, dichas estatuillas, a pesar de haber sido halladas en lugares geograficos muy distantes y contener una infinita variedad de formas y representaciones femeninas, representaban a una unica deidad de atributos similares pero de nombre diferente dependiendo de cada cultura. Una Gran Madre que personificaba la unidad de todos los seres y ciclos naturales y de ahí su multiapariencia. Ella prefería sin embargo el término de Gran Diosa, puesto que al personificar a la totalidad de la naturaleza, no sólo contenía en si misma atributos maternales o de fecundidad (embarazo, nacimiento,…), sino también de muerte (Diosas rígidas talladas en hueso); podía representar la vida vegetal, o podía aparecer en forma de diversos animales en relación a ideas o conceptos determinados.  Además, todas estas representaciones solían ir acompañadas de un complejo sistema de signos (espirales, zig-zags, laberintos, meandros, retículas,…) que conformaban una escritura pictorica cuyás más primitivas representaciones podían rastrearse en los llamados signos abstactos del arte rupestre franco-cantábrico. Así nos lo cuenta:

 

    “El tema principal del simbolismo de la Diosa es el misterio del nacimiento y la muerte y la renovación de la vida, no solo humana, sino todas las formas de vida sobre la tierra y ciertamente, de todo el cosmos. Símbolos e imágenes se agrupan alrededor de la Diosa partenogenética y sus funciones básicas como Dadora de Vida, Ejecutora de la Muerte, y, no menos importante, como Regeneradora. Todo gira alrededor de la Tierra Madre, la vieja y joven Diosa de la Fertilidad, que nace y muere con la vida vegetal. Ella era la única fuente de toda la vida y quien tomó su energía de los manantiales, del sol, la luna y la tierra húmeda. Este sistema simbólico representa al tiempo cíclico, y no al lineal. En el arte se manifiesta mediante señales de movimiento dinámico (rotaciones en espiral).”  Marija Gimbutas, "El lenguaje de la Diosa"

 

    Todo este simbolismo sagrado femenino no solo aparece en la Europa Oriental estudiada por Gimbutas, podríamos afirmar que es característico de todo el basto territorio que habitaron los pueblos preindoeuropeos. Aparece de modo abundante en el arte de las primeras culturas del llamado Creciente Fértil de Oriente Próximo: Egipto, Canaan, Anatolia y Mesopotamia desde dónde se extiende hasta el Valle del Indo. Y también puede rastrearse en relación a la cultura megalítica de la Europa Atlántica y del mediterráneo occidental. Pero además en todas estas áreas ha llegado hasta nuestros días el nombre de su divinidad femenina correspondiente: Isis en Egipto, Astarte en Canaan, Cibeles en Anatolia, Inanna en Mesopotamia, Sakti entre los drávidas del Indo, etc.

    Otra característica fundamental de la Gran Diosa preindoeuropea es su capacidad de metamorfosearse en todo tipo de animales que la representan: como Diosa-pájaro  (que une el cielo y la tierra, la lluvia y los manantiales); como Diosa-serpiente (símbolo de renovación cíclica de la vida); como Diosa-osa y Diosa-cierva (símbolos de maternidad); como Diosa-pez (relacionada con el útero y el liquido amniótico)…la lista es amplísima.

 

    Por su parte, Anne Baring y Jules Cashford, en su libro "El mito de la Diosa"  relacionan este arte neolítico de Diosas zoomorfas con el arte paleolítico de las cuevas, sugiriendo un nexo de continuidad entre ambos. : “Los animales esculpidos de la Vieja Europa pueden ser considerados, según Gimbutas, como epifanía de la Diosa madre, encarnando los diferentes aspectos de sus poderes. […] Se han encontrado en muchos lugares que, al parecer, se utilizaban como santuarios o templos, mascaras rituales de animales de toda especie, cubriendo a menudo las cabezas de cuerpos femeninos. Dibujos de animales decoran vasijas y recipientes, y éstos últimos a menudo tambien tienen forma animal. […] las cuevas paleolíticas cuyas paredes estaban cubiertas de animales simbolizan la matriz de la Diosa, particularmente porque se han hallado esculturas de la Diosa en el exterior de las cuevas (Laussel),  o en sus inmediaciones (Lespugue), lo que indica algún tipo de relación entre las diosas del exterior y los animales pintados en el interior. En el neolítico, el arte de la Vieja Europa y de Catal Hüyük, en Anatolia, explora la relación precisa que vincula la Diosa y el animal, invitando a utilizar el término de Diosa de los Animales.[…]” Anne Baring y Jules Cashford, "El mito de la Diosa".

 

Mari hilando en la boca de su cueva, junto a Sugaar y Ahari. Oleo de Paz Treuquil.
Mari hilando en la boca de su cueva, junto a Sugaar y Ahari. Oleo de Paz Treuquil.

    Un ejemplo actual que confirma una tras otra las hipotesis de Gimbutas sobre el simbolismo de la Gran Diosa preindoeuropea es Mari, la Gran Dama o Señora de la cultura tradicional vasca. Muchos de los escépticos que cuestionaron (y cuestionan) el extraordinario trabajo de recomposición histórico que realizó Gimbutas, no tendrían más que admitir lo correcto de las líneas generales de su teoría en cuanto estudiaran con un mínimo de detenimiento el mito de Mari.

 

    Al igual que la Diosa de la cosmovisión preindoeuropea, Mari ocupa el lugar central de la cosmovisión indígena vasca, todos los demás seres y divinidades están supeditadas a ella. Sus atributos coinciden además con la descripción de Gimbutas sobre la multiapariencia de la Diosa neolítica. Así, Mari puede aparecer de muy diferentes formas y adoptando diversos roles: como un animal (toro, chivo, caballo, serpiente, buitre,…) como un fenómeno atmosférico (tormenta, viento,…), como una sacerdotisa (sorgin) vinculada a espacios sagrados determinados (manantiales, cuevas o montañas), como un árbol, como una roca,...

 

    Así explica el etnógrafo vasco  J.M de Barandiaran la multiapariencia de la Diosa vasca Mari: “A pesar de la variedad de formas que los relatos populares atribuyen a Mari, todos convienen en que ésta es un numen de género femenino. Mari toma generalmente figuras zoomorficas en sus moradas subterráneas, forma de mujer en la superficie de la tierra y de mujer o de una hoz de fuego cuando atraviesa los aires. Las figuras de animales, como la de toro, de macho cabrío, de novillo rojo, de caballo, de serpiente, de buitre, etcétera, a que hacen referencia las narraciones relativas al mundo subterráneo, representan, pues, a Mari y a sus subordinados, es decir, a los númenes telúricos.” J.M. de Barandiaran, “Mitos del pueblo vasco”


    El sentido de estas metamorfosis y de su multiapariencia puede ser comprendido a través de la diferenciación entre los conceptos teológicos de trascendencia e inmanencia, es decir, en el hecho de que Mari no es ajena a su propia creación (como los trascendentes Dioses indoeuropeos y semitas), sino que ella misma es la creación (inmanencia) y, por tanto, todos los seres y fenómenos naturales no son más que distintas expresiones de una misma realidad: de Mari.

 

    Por tanto, y aunque sin dejar de lado el proverbio vasco de que “todo los que tiene nombre existe”, cuando hablamos de Mari o de la Gran Diosa preindoeuropea, no nos estamos refiriendo a un ser de carácter sobrenatural, sino a un símbolo, en palabras de Josu Naberan a un nombre (izen) que señala una realidad auténtica (izan): la de la naturaleza como un Todo.